Crítica de La luz de mi vida

Paternidad en estado crítico.

En un mundo que se recupera a duras penas de una pandemia que ha acabado con la mayoría de las mujeres, un padre y su hija intentan sobrevivir a una realidad siempre amenazadora. Este argumento le sonará más que familiar a cualquier espectador mínimamente curtido. Sin embargo, La luz de mi vida, segunda película de Casey Affleck como realizador tras el falso documetnal I´m Still Here, explora vías que la desmarcan de sus referentes más obvios, como son La carretera, de McCarthy, o Hijos de los hombres, de Cuarón. Con una notable puesta en escena en la que importan tanto las réplicas entre encuadres como la fisicidad de los paisajes, La luz de mi vida se acerca a la paternidad desde una perspectiva incómoda. El personaje encarnado por Affleck ha de hacerse cargo de la educación de su hija en tiempos de redefinición de los roles de género, obligado a aceptar las flaquezas de su masculinidad. El filme no solo nos ofrece una serie de inteligentes reflexiones acerca de los límites del constructo ´hombre´, sino que su relato sirve de extraña caja de resonancia para las neuras y temores de un Casey Affleck que ha afrontado recientemente cargos por acoso sexual. Los matices derivados de este aspecto son tan problemáticos como fascinantes.

Lo mejor:

El lenguaje de la película, tan meditado como finalmente sugerente.

Lo peor:

Su autorreferencialidad no siempre es gratificante.

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