Crítica de La buena esposa

Estrellas patéticas

El nuevo trabajo de Björn Runge, autor de dramas de falso prestigio como Happy End o Mouth to Mouth, es a todas luces una obra menor. Inspirada en la novela homónima de Meg Wolitzer a propósito de Joan Castleman (

Glenn Close), una mujer talentosa anulada por las pretensiones de éxito y el autoestima voraz de John (

Jonathan Pryce), su marido -una situación repetida en ámbitos artísticos diversos a lo largo de la historia reciente-,

La buena esposa resulta en todo caso correcta dentro de su llaneza formal, y el morboso devenir de los acontecimientos que narra nunca deja de ser entretenido. Su mayor problema es que, pudiendo convertirse en una película más profunda e inteligente a propósito del tema que aborda, prefiera, en su segunda mitad, inclinarse por un twist fácil que permita derivar lo relatado hacia la intriga y el suspense. En todo caso, hay un aspecto francamente destacable en

La buena esposa, y es todo lo relativo al personaje que encarna magistralmente Pryce. Se nos ocurren pocos acercamientos más perversos -y maliciosamente divertidos- a una estrella literaria entrada en años. Su patetismo, espíritu manipulador y, finalmente, debilidad, son lo más convincente del filme.

Lo mejor:

El implacable retrato del artista maduro y exitoso, al que aporta mucho un enorme Jonathan Pryce

Lo peor:

Apuesta por la intriga morbosa en lugar de profundizar más en el interesante conflicto planteado

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