Crítica de Infiltrado en el KKKlan

Adaptarse a los tiempos

Lo último del cineasta afroamericano Spike Lee es una versión mainstream, a nivel formal y discursivo, de trabajos previos más revulsivos, como Haz lo que debas (1989), Fiebre salvaje (1991) o Bamboozled (2000). Por ello, no es de extrañar que esta adaptación del director a la sensibilidad de los tiempos que corren -algo que ya prefiguraba el inteligente remake millennial para Netflix de su ópera prima, Nola Darling (1986)- haya sido mejor recibida que las controvertidas producciones citadas, tan agresivas en sus arranques visuales con evidente base estética en la cultura urbana del hip-hop, como en sus meditaciones inquietantes sobre política racial y de clases. Más confortable hoy en su rol de miembro insigne de la clase creativa negra de EE.UU. que cuando rodó su complejo (y muy reivindicable) musical Aulas turbulentas (1988), si somos capaces de obviar la complacencia -y arrebatos demagógicos- de 

Infiltrado en el KKKlan, la película es sumamente disfrutable. Un hilarante, tenso y brioso thriller -con algún alarde formal inspirado, y al menos dos escenas memorables- cuya denuncia resulta eficaz, pese a una acusada falta de contextualización histórica, algo extraño en Lee. Lo mejor está, de nuevo, en su faceta más conflictiva: el choque irresoluble entre las perspectivas identitarias e ideológicas de sus protagonistas.

Lo mejor:

La película funciona como un tiro, y no le faltan ideas brillantes en su desarrollo

Lo peor:

Es una versión de Lee acomodada, tanto en lo ideológico como en lo puramente creativo

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