Crítica de Happy End

Europa en descomposición

Ninguna película de

Michael Haneke hasta la fecha ha sido tan discutida como

Happy End, presentada en el Festival de Cannes 2017. El realizador austriaco, que ha planteado a lo largo de su filmografía una despiadada vivisección de las derivas políticas y morales de la Europa acomodada, concibe extrañamente su última producción como una suerte de antología -formal, dramática y argumental- de sus trabajos previos. En ese sentido, no sabe uno si está abordando una relectura cáustica de su obra o una película fruto de cierta impotencia creativa, incapaz de sumar apenas novedades a los discursos ensayados en el pasado. Pese a todo ello, y a una abstracción del relato que termina por deslizarse hacia la dispersión, 

Happy End es estimulante, indudablemente sofisticada en su puesta en imágenes y llena de apuntes de interés a propósito de las palabras y acciones de un puñado de seres humanos decididamente contemporáneos que intentan reflejarse vanamente en su propia opacidad. Su reto es sostenerse en una realidad a la que únicamente cabe sobrevivir con hipocresía y medias tintas, y que consecuentemente comienza a engendrar una generación de pequeños monstruos.

Lo mejor:

El vagar de los personajes por el relato, bastante significativo en casi todo momento

Lo peor:

Una impotencia creativa y discursiva inusual en Haneke

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