Crítica de La vida de calabacín

Plástica de la melancolía

Nos hallamos ante el primer largo del animador suizo afincado en Francia Claude Barras. Llamar largometraje a

La vida de Calabacín puede ser algo arriesgado, dado que apenas supera la hora de duración. Pero, es, en cualquier caso, un notable avance en comparación al metraje medio de sus anteriores seis cortos, realizados en solitario o en colaboración con Cédric Louis. Barras lleva en el medio desde 1999, aunque, con la excepción quizá de Le génie de la boîte de raviolis (2006), su labor hasta la fecha había pasado desapercibida allende el ámbito de los festivales especializados.

 Todo ha cambiado con

La vida de Calabacín, que, tras años de ardua elaboración, suscitó desde su première el año pasado en el Festival de Cannes infinidad de reacciones entusiastas, que han culminado en una nominación al Oscar a la mejor producción animada. ¿Lo merece la película? En líneas generales, sí. Se trata de una propuesta muy ambiciosa, que adapta la peculiar novela de Gilles Paris Autobiografía de un calabacín -publicada en castellano por la editorial Maeva en 2004-, y que cuenta como coguionista con

Céline Sciamma, directora de

Tomboy (2011) y

La banda de las chicas (2014). Lo más importante, en cualquier caso, es que la sinergia entre las sensibilidades de Paris, Sciamma y Barras se salda en pantalla con éxito.

 Y es que, pese a algunas concesiones ideológicas y audiovisuales a la parroquia hipster, La vida de Calabacín acierta a plasmar la "melancolía vaga y sin objeto de la infancia" que, en palabras del escritor César Aira, caracteriza el primer estadio de nuestras vidas; melancolía que refuerza en muchas ocasiones el empecinamiento egoísta del cuerpo social por cifrar en la alegría el sentimiento predominante durante aquel periodo. Hay una razón objetiva, por supuesto, para que el pequeño protagonista de la película de Barras, y otros chavales con los que entabla amistad, sean víctimas de la tristeza: siguiendo los argumentos de la novela de Gilles Paris -bien que suavizados en algunos aspectos-, La vida de Calabacín se centra en un grupo de niños residentes en una casa de acogida tras sus pésimas experiencias con los adultos que habían de cuidar en primera instancia de ellos. En el caso de Calabacín, su madre, una alcohólica a la que ha matado por accidente.

 La mayor parte de la cinta describe el día a día en la residencia de los pequeños, carentes de afecto familiar y tributarios de la bondad de los extraños para abrirse en la vida un camino de mínima armonía emocional. Claude Barras se las arregla para respetar el alcance de la mirada infantil, tanto más profunda cuanto más inocente, sobre un mundo incomprensible, y para aportar a la vez una perspectiva adulta sobre ello, que nos recuerda los efectos del maltrato sobre el desarrollo posterior de la personalidad: "hago el cine para niños que hago porque quiero que haya más diversidad; hablo de cosas reales porque tenemos la obligación de hacer pensar a los niños, no solo de divertirlos. No vamos a hablar de una elección política, pero algo de eso hay".

 En la estrategia de Barras juegan papel esencial metáforas varias sobre la superación constructiva de las adversidades -véanse la presencia insistente de cometas y el nombre real de Calabacín, Ícaro, como el joven de la mitología griega que ideó con su padre abandonar Creta volando-, y, en especial, la stop motion, la animación fotograma a fotograma, a la que ya había recurrido en la mayoría de sus cortos previos. Hay algo intrínsecamente melancólico en la stop motion y, como puso de manifiesto

Los mundos de Coraline (2009), más cuando se materializan para los más pequeños entornos cotidianos, que Claude Barras tiñe en esta ocasión de tonalidades lívidas.

 Quizá, esa pesadumbre deriva del solapamiento estético en las imágenes de películas como La vida de Calabacín, de las texturas procuradas por los útiles de dibujo y papelería con que los niños recrean toscamente cuanto les rodea a fin de comprenderlo, y su réplica asimismo artesanal, pero primorosa, por parte del animador adulto, que testimonia de forma paradójica la futilidad de tanto esfuerzo añejo: no hay nada que comprender, hay que resignarse a vivir mientras el material de lo existente resista. Así lo expresan en La vida de Calabacín, con una contundencia muy superior a la de sus postulados dramáticos, cada cajón de poliespán, cada patata en miniatura, cada flequillo de plastilina. "El stop motion más evocador es el que otorga vida mágica a objetos en la menos mágica de las situaciones" (Henry Selick).

Lo mejor:

La película aspira a dar voz al espíritu trémulo de la infancia, y casi siempre lo consigue

Lo peor:

Los típicos aspectos que calificarán como "lo mejor" las publicaciones de tendencias

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