Crítica de Black Coal

La cotidianeidad supurante.

Quizás con el fin de poder hacer carrera comercial en el florido mercado cinematográfico local, o acaso por aquella crisis del minimalismo de la que ha hablado muy bien Ángel Quintana, el cine chino de autor hoy está empezando a transitar senderos cuanto menos sorprendentes. Hablamos de rupturas como las que han supuesto la recientemente estrenada

Un toque de violencia (2013), de Jia Zhang-ke, No Man´s Land (2013), de Ning Hao, o el díptico Let the Bullets Fly (2010) y Gone with the Bullets (2014), de Jiang Wen; películas, todas ellas, que encuentran en el cine de género no solo un medio para conectar con un público más amplio dentro de la propia China o un instrumental perfectamente apto para horadar en el presente nacional, sino, y especialmente en casos como los de Zhang-ke o Diao Yinan, director de

Black Coal, un vehículo para la evolución estilística y la reelaboración de códigos lingüísticos que sus artífices desean adaptar a una realidad-económica, cinematográfica- en continua mutación. Los últimos trabajos de ambos cineastas, además, señalarían otra crisis: la de la recreación documental de una realidad, a menudo, desmembrada en manos de la irracionalidad, la locura y lo inenarrable; elementos que alteran hasta límites insoslayables nuestra percepción del mundo circundante… y del cine.

 Black Coal, tercer filme de su realizador, es un noir cimentado en una serie de figuras habituales: el perdedor nato de inflexible honestidad ética; el marido humillado; la pérfida femme fatale. Pero pese a que, gracias a una sensacional labor de puesta en escena, Yinan retrate a estos seres realzando sus cualidades arquetípicas, todos ellos terminan volando por los aires los moldes, desvelando una ambigüedad en sus intenciones, comportamientos y reacciones que los convierte en algo distinto: criaturas de carne y hueso extraídas de una ciudad industrial al norte de China, cuyas dinámicas usuales parecen bascular entre lo sórdido y lo surrealista.

 No queremos dar mayores detalles de una trama argumental rebosante de vericuetos y twists, en un largometraje que juega continuamente a la sorpresa, tanto desde un punto de vista narrativo como estilístico -aunque no siempre con resultados óptimos-. Eso sí: la detención en la peluquería o el travelling en el salón de baile son instantes en los que la atmósfera, lánguida y alucinatoria, devora completamente al espectador. Los reflejos del neón sobre los paisajes nevados, el bullicio mareante de los interiores y los pasadizos que se internan en las sombras enmarcan los mejores momentos de Black Coal, donde el director de fotografía Dong Jingsong contribuye decisivamente a la hora de modelar un clima menos terrorífico que asfixiantemente cotidiano.

 Sin embargo, podemos achacarle a la película una afectación formal y una artificiosidad visual cuyo andamiaje, en ocasiones, se hace tan evidente que acaba jugando en contra del conjunto. Dicho de otra manera: no siempre le sale bien su pretensión de situar el relato en la intersección entre un drama social penetrante y un trabajo codificado según las bases del género al que se adscribe, pero empujándolo hacia los límites de lo fantástico. Con todo, y aunque fuera solo por ese arranque donde el horror asoma desde la perezosa mediocridad del día a día o por esa conclusión tan enigmática como subversiva, Black Coal ya merecería la pena.

Lo mejor:

Es un noir sofisticado, con un potente sentido de la atmósfera, impactante como pocos en los últimos tiempos.

Lo peor:

Una artificiosidad visual y narrativa cuyo afán de epatar a toda costa se hace más que evidente en ocasiones.

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