Crítica de El blues de Beale Street

Mundo hostil, universo indiferente

Tras obtener el Oscar a la mejor película con

Moonlight (2016), el director

Barry Jenkins reincide en su análisis de la experiencia afroamericana con esta adaptación de la novela homónima escrita en 1974 por James Baldwin; la trágica historia de dos jóvenes de color cuya relación sentimental se enfrenta a prejuicios familiares y sociales pero, sobre todo, a un sistema judicial injusto que amenaza su felicidad. El argumento esencial del filme es, como en

Moonlight y el debut de Jenkins, Medicina para la melancolía (2008), la posibilidad de vivencias personales gratificantes en un entorno racial hostil y, a nivel metafísico, bajo los designios de un universo azaroso y volátil.

El blues de Beale Street funciona en general como ilustración de la novela y como nueva caja de resonancia para las inquietudes de su realizador. Aun así, se aprecian tensiones entre la fidelidad a modismos desfasados de Baldwin, la abstracción melancólica propia de Jenkins, y los intentos por satisfacer las expectativas de la opinión pública afroamericana de hoy. Un filme conmovedor, de fotografía muy bella, pero también carente de musicalidad, agarrotado por los peajes que ha creído tenía que pagar.

Lo mejor:

La fotografía y la banda sonora

Lo peor:

Es una película que amenaza con envejecer mal

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