Crítica de Dogman

La ciudad y los perros

Pocas veces el paisaje napolitano ha sido recreado con la fuerza que cobra en las imágenes del último filme hasta hoy de

Matteo Garrone. Una atmósfera tenebrosa cubre un mundo en ruinas, empecinado en seguir en marcha aun cuando su final llegó tiempo atrás. La sordidez que emana del decadente barrio costero de

Dogman, y su radiografía de la disolución de los lazos comunitarios, encuentran su extraño contrapeso en la fisonomía caricaturesca de los dos personajes centrales, un hombrecillo honesto pero débil de carácter, y un matón corpulento guiado por instintos más propios de una bestia. Ambos protagonizan gags visuales que arrastran a la película, sobresaliente en su expresividad, al territorio de la comedia negra. Aunque en principio pueda parecer poco original su planteamiento -un tipo común inmerso en la violencia de una sociedad corrupta-, más allá del inteligente uso de figuras retóricas por parte de Garrone, lo que nos llama la atención es hasta qué punto

Dogman responde a una actualización de los temas tratados por Georg Büchner en su Woyzeck: la naturaleza del mal, la dificultad de reconocerlo y las consecuencias que tiene aceptarlo para el espíritu.

Lo mejor:

El lenguaje pavoroso con el que Garrone recrea un paisaje y paisanaje napolitanos

Lo peor:

Que no sea tan clarividente, en su mirada al presente, como Gomorra o Reality

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