Crítica de Blood Father

El legado de la experiencia

Quien suscribe estas líneas dudaba si valorar con tres o cuatro estrellas

Blood Father, que es ya una de las cintas de acción más honestas, divertidas y estimulantes del año. Si nos decantamos (con inseguridades) por la primera opción es debido a que estamos ante uno de esos títulos que parecen empeñados en boicotear en sus imágenes cualquier afán de permanecer en la memoria de la audiencia. Afortunadamente, la excelente película de Jean-François Richet -fusión improbable de artesano humilde y enfant terrible del thriller– acaba dejando una huella mayor de la pretendida.

 Abierta deudora de la figura pública y la trayectoria fílmica del insustituible

Mel Gibson -hay incluso un plano calcado de Mad Max: Salvajes de la carretera (1979)-,

Blood Father no necesita revestir de dorados ropajes su disparatada elementalidad: funciona como un tiro y no se avergüenza de construirse a base de material de derribo. Una obra crepuscular y dolorosamente melancólica en torno a choques generacionales, aguda al aproximarse a las miserias de presente y pasado… con resonancias metacinematográficas. Porque esta fábula sobre la transmisión de la experiencia de padre a hija, del paso de un antiguo régimen cultural a un nuevo mundo -la breve comparación establecida entre Lydia (Erin Moriarty) y su madre no es baladí-, se refiere con la misma dureza a la decrepitud de las viejas glorias que venden los restos de su legado al mejor postor que a la inevitable desactivación de cualquier gesto revulsivo de peso en el seno de la cultura de masas contemporánea.

 Richet, recuperando el ánimo guerrillero de trabajos primerizos como Ma 6-7 va crack-er (1997), escoge el cine de acción chatarrero, abrazado a un sentido de lo grotesco de impactante veracidad -¿no bascula la vida también, de un segundo a otro, entre la tragedia y lo hilarante?-, como última trinchera de resistencia frente a la homogeneización industrial, dramática e ideológica que propone el mainstream. Sólidamente cimentada en una relación paternofilial donde la química interpretativa hace mucho, la meditación sobre el valor de la experiencia halla perfecta concreción visual en las arrugas del rostro de Gibson, bellamente fotografiado por Robert Gantz, colaborador de Richet en el monumental díptico Mesrine (2008).

Lo mejor:

La química entre Mel Gibson y Erin Moriarty, y la sugerente relación que mantienen sus respectivos personajes

Lo peor:

Parece obcecada en ser una película de usar y tirar… aunque, por suerte, no termine de conseguirlo

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