Crítica de La casa junto al mar

La familia, el mundo

Como 

Nuestra vida en la Borgoña ( 

Cédric Klapisch, 2017) y

Happy End ( 

Michael Haneke, 2017), el vigésimo largometraje del cineasta francés Robert Guédiguian emplea como pretexto narrativo un conflicto familiar, el cambio generacional de inquietudes y sensibilidades en el seno de un mismo clan, para ofrecer una visión panorámica sobre la Europa actual y sus derivas; en su caso, desde un punto de vista marcadamente ideológico. El director de 

Las nieves del Kilimanjaro (2011) y 

Una historia de locos (2015) fija esta vez su atención en tres hermanos reunidos en la madurez para decidir qué hacen con el hogar en que crecieron y el restaurante propiedad de su padre, sumido ahora en un estado vegetativo; lo que amenaza en un primer momento con ser un evento crepuscular, torna en promesa de futuro debido a la aparición de tres pequeños inmigrantes… 

La casa junto al mar funciona menos como tragicomedia costumbrista en sí misma considerada, aspecto en el que no es nada sutil, que como reflexión aguda, de ribetes incluso metafílmicos, de Guédiguian acerca de los motivos habituales en su obra y su operatividad después de una trayectoria en el medio de casi cuatro décadas.

Lo mejor:

Disfrutarán mucho de la película quienes conozcan bien el cine de Robert Guédiguian

Lo peor:

Su autocomplacencia en el tratamiento de lo dramático con unos determinados objetivos

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