Crítica de El Gordo y el Flaco (Stan and Ollie)

El trabajo de la vida

Los biopics estrenados en época de premios suelen recurrir a tropos cuyo éxito ha hecho de ellos tics: repartos de lujo, ambientación y maquillajes esmerados, guiones tan divulgativos como esquemáticos…

El gordo y el flaco (Stan & Ollie) incide en tales características, pero las revitaliza a golpe de sensibilidad dramática e intención narrativa. La acción transcurre en 1953, durante una gira decadente por teatros británicos del dúo cómico formado por Stan Laurel y Oliver Hardy, estrellas de Hollywood veinte años atrás. Del resultado de la gira depende que la pareja tenga una última oportunidad en el cine. El cariño de la película hacia Laurel y Hardy y su legado es palpable, con la interpretación de

Steve Coogan y la música de Rolfe Kent como cénits. Conviene prestar atención además a dónde nos sitúa la cámara del director Jon S. Baird durante las representaciones del dúo. Brinda pistas sobre el argumento esencial del filme: el poder de la ficción para otorgar a la existencia, incluida la del artista, una ilusión de sentido. Hardy y, en especial, Laurel vivieron para su trabajo, y de ello dedujeron una ética del estar en el mundo, de trabajar la propia vida.

Lo mejor:

La emoción noble y melancólica que despierta la película en casi todo momento

Lo peor:

Este tipo de propuestas pasan hoy por hoy desapercibidas en la cartelera

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