Crítica de Una gran mujer (Beanpole)

Reconstruir el mundo

Quizás se haya encumbrado con excesiva rapidez a Kantemir Balagov, cineasta ruso apadrinado por Aleksandr Sokurov que, con menos de treinta años y apenas dos películas a las espaldas, se ha convertido en uno de los niños mimados de Cannes. Y decimos esto porque, de nuevo, en

Una gran mujer (Beanpole) encontramos problemas de primerizo: defectos de escritura, trazo grueso dramático y conflictos morales planteados de un modo confuso. No se trata de echar por tierra el trabajo de Balagov, sino de evaluarlo en su justa medida.

Una gran mujer (Beanpole), al igual que

Demasiado cerca (2017), es además una película formalmente brillante, cargada de valores en su puesta en escena, y con una inteligente mirada que atraviesa el pasado recreado —Leningrado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial— para llegar hasta hoy. Como la reciente Atlantis (2019) del ucraniano Valentyn Vasyanovych, Una gran mujer (Beanpole) medita acerca de un mundo en ruinas y el intento de reconstruirlo. Si en aquella los trabajos y los días (en términos casi bíblicos) redimían al protagonista, aquí solamente los afectos son capaces de reconfortar la conciencia de la pérdida de lo que solo puede ser invocado a modo de simulacro fugaz.

Lo mejor:

La soberbia expresividad sin altibajos de su primera media hora

Lo peor:

Torpezas varias en lo que respecta al tratamiento dramático

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