Crítica de Los odiosos ocho

El exceso como arte

El universo Tarantino siempre ha sido, para lo bueno y para lo malo, exuberantemente verbal. Más allá incluso, que alguno diría, de lo que aconseja el manual de las buenas prácticas narrativas, el tradicional equilibrio entre lo que ha de mostrarse y lo que ha de decirse, por aquello de que, en ningún otro sitio como en el cine, una imagen vale más que mil palabras. Pero el director de Pulp Fiction, claro, se pasa por el forro la ortodoxia. Su cine es, desde el año uno, una experiencia aparatosamente discursiva, y ese énfasis en el quiebro y la digresión verbal no ha hecho sino acentuarse con los años. Sin esa iconoclastia militante, sin ese vertiginoso desequilibrio entre las partes, Tarantino, simplemente, no sería Tarantino. Los odiosos ocho es, de hecho, la película más discursiva, que no es decir poco, en la carrera del director de Tennessee; el movimiento, la dimensión física del relato (esencial en el Tarantino de antaño) se reduce a mínimos históricos, con una, claro, explosión de vísceras y furia balística en el desenlace, nobleza obliga.

Se trata de una película de matriz y concepto clara y nítidamente teatral (y es que de hecho el proyecto nació como una lectura dramatizada, no como una película), y a pesar de todo, y más allá de la autosuficiencia de los soberbios diálogos, la planificación en interiores, que exprime brillantemente cada rincón, luz y sombra del espacio escénico, es coartada para la enésima exhibición de inagotables recursos de un cineasta irrepetible. Y sobre ese espacio esculpe Tarantino algunas de las líneas de diálogo, decíamos, más potentes de toda su filmografía. Cada vez más la sapiencia de los años dota a sus personajes, a la esgrima verbal de sus películas, de una dimensión cuasi shakespeariana, en un empeño, a su bola, claro, de indagar, en los rincones más turbios de la condición humana, en clave, la duda ofende, tronchante, sacrílega, nihilista y por supuesto, y he ahí donde reside la magia, desprejuiciadamente lúdica.

El enfant terrible (¿o ya no?) del cine USA se crece una vez más en el exceso (mitomaniaco, verbal y de metraje) montando su propio Cluedo, guiñando un ojo a Agatha Christie al son de Morricone, en el disfraz de un western blanco (por invernal) que reinterpreta el ímpetu claustrofóbico de Reservoir Dogs desde la atalaya de una apabullante y lúcida madurez. Y de refilón un retrato nada frívolo de del sindiós político, social y racial de la América post Guerra de Secesión, un microcosmos vívido de ese frágil consenso nacional conquistado a golpe de fusil y machetazo limpio después de años de purga colectiva . En fin, otro clásico.

Lo mejor:

Que sus desequilibrios pasen tan desapercibidos

Lo peor:

No es un Tarantino de primerísima división, pese a todo

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