Crítica de Harry Potter y las reliquias de la muerte: Parte I

La saga del niño mago demora el desenlace artificial e injustificadamente con muchos minutos de narración reiterativa y prescindible

Si hay una saga que no necesitaba una maniobra de engorde artificial como ésta esa es precisamente la del niño mago. Agonizante desde el final de la cuarta entrega si somos generosos, y de la segunda si lo somos menos, la franquicia llega a la meta absolutamente exhausta y clínicamente muerta después de suicidarse en una sucesión interminable de horas de cine intrascendente. Si el sexto Harry Potter rozaba el bochorno por inacción, por estatismo, por mirar absorta las musarañas matando moscas a cañonazos, la séptima, volumen uno. extrema esa tendencia de manera ciertamente preocupante.

Lo menos que un profano espera, harto ya de tanto vaivén sin sur ni norte, en semejante pantanal de hechizos entre clase y clase de artes mágicas es que, al menos, el climax revitalice el invento y le de nuevos bríos, quizá redimiendo, aunque es mucho redimir, las horas muertas que acumula la saga de un tiempo a esta parte. Nada de eso; el último episodio sigue en el limbo de una quietud ya patológica. Potter y sus amigos vagan por el bosque en espera de no se sabe qué y no se sabe cuándo.

David Yates necesita dos horas y media para destruir un objeto de anticuario no identificado que, al parecer, encierra un pedazo del alma cirrupta del señor oscuro Voldemort. En la debilidad reside la trampa. A Harry Potter 7.1 le sobra, fácilmente, una hora de tedioso metraje boscoso a la expectativa de que suceda algo que haga avanzar la historia de una vez. No hay suerte, nada reseñable sucede. Yates nos saca al fin de los muros de Hogwarts para contar, parece, una historia distinta, lejos de la fórmula que machaconamente define el esquema narrativo de las seis primeras entregas.

Cambia el atrezo pero el relato sigue sin despertar, y eso a tiro de piedra del esperado desenlace. En la nueva entrega pasan muchas cosas insignificantes o, si se quiere accesorias, que llenarán supongo de satisfacción a los incondicionales de las novelas que gustan de adaptaciones literales; el resto de los mortales seguimos en espera de movimiento, pero no hay suerte. Voldemort ya manda con puño de hierro, sigue acechando pero sin acabar de mojarse, exasperando la paciencia del más pintado, demorando un enfrentamiento que se nos promete desde la tercera entrega y que injustificadamente se retrasa ya más de diez horas.

Otra vez nos quedamos con las ganas, y ni por asomo nos creemos los insostenibles argumentos de los mentores de la criatura para justificar lo injustificable: que el último episodio sea tan vasto como para recomendar una película doble. En la inopia narrativa de este nuevo interminable y argumentalmente minimalista episodio (lo más notable es un golpe de estado oficiado por los malos en el mundo paralelo de los magos) se supone que Potter y sus amigos se hacen adultos, que la amistad une sus vidas de manera indisuluble, que los celos, la envidia, la desconfianza han de sujetar el drama, que Hermione ha de ser el personaje clave como catalizador sexual de la desconfianza entre Potter y Ron. Pero, aunque es sin duda ese rollo morboso e intimista lo más jugoso del descafeinado espectáculo, no hay chicha para tanta película.

Una vez más acaba la película y tenemos la cansina sensación de que marean, otra vez, la perdiz, de que estamos más o menos donde estábamos, con un par de sortilegios más bajo el brazo, pero en eterna espera de un desenlace que no llega. Hay ganas de que esto acabe; quien sabe si en el futuro valdrá la pena revisar esta franquicia enlazando el primer y el último episodio prescidindiendo del abundante humo que hace de puente entre ambos.

Lo mejor:

El rollo triangular amistoso-amoroso que se traen los tres protagonistas

Lo peor:

Que hay mil anécdotas pero mínima sustancia argumental

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