Crítica de El gran showman

Formas y discurso

Con la excepción de

Madre!, no ha habido este año un título más honesto en lo tocante su armonía entre formas y argumentos que esta fantasía musical sobre el polifacético P.T. Barnum (1810-1891) —escritor, innovador de las atracciones en vivo, filántropo, reformador—, dirigida por un novato entusiasta al que secundan un reparto y una producción en estado de gracia.

El gran showman ficciona el duro camino que llevó a Barnum a convertirse en magnate del circo, entendido este como un lugar de refugio y vindicación para los desfavorecidos y los diferentes. Barnum, como todo buen empresario estadounidense, era tan codicioso como revolucionario, y la cinta no lo oculta, erigiéndose ella misma en espectáculo alienante de luz y color, y, al mismo tiempo, en arrebatadora proclama a favor de la tolerancia y el ser uno mismo, sin imposturas ni presunciones. Por ello, no cabe más remedio que aceptar que nos hallamos ante una propuesta cursi, kitsch, abonada a las emociones primarias, y, a la vez, que

El gran showman sublima esos registros con un sincretismo narrativo y fotográfico admirable, un puñado excepcional de canciones, y un discurso implacable. Una gran película.

Lo mejor:

La emoción a raudales que suscita desde el primer minuto

Lo peor:

La condescendencia con que va a ser tratada en comparación a productos comerciales mucho más falsos

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