Crítica de Dobles vidas

La era de la relatividad.

Uno de los temas más apasionantes abordados en la heterogénea filmografía del galo Olivier Assayas es la búsqueda de lo permanente, lo inmutable, en un mundo que se halla en un proceso constante de metamorfosis. Esta comedia ligera, encantadora pero más agria de lo que podría aparentar en un primer vistazo, enfrenta a sus héroes, en lo profesional, en lo creativo y en lo sentimental, a la progresiva desmaterialización de los bienes culturales y al auge de las redes sociales. Los ideales de los protagonistas colisionan contra sus inevitables contradicciones, en una realidad que ha entronizado la gestión de la propia imagen. Dobles vidas es una película verborreica, pero en absoluto discursiva. El filme alcanza un delicado equilibrio entre los ininterrumpidos debates que mantienen los personajes y la viveza de las situaciones recreadas, con una especial atención de Assayas por los gestos de los actores y los detalles de la puesta en escena. Ciertamente, Dobles vidas no supone una gran aportación a las cuestiones que pone sobre la mesa, transitando senderos que no resultarán ajenos al espectador interesado en estas materias. Pero el modo de integrar los argumentos en una ficción digna de su realizador, coherente con sus trabajos previos, resulta muy meritorio.

Lo mejor:

La enriquecedora simbiosis entre el guion y la puesta en escena.

Lo peor:

No aporta lecturas novedosas a los temas a los que se aproxima, pero tampoco lo pretende.

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