Crítica de Amazing Grace (2019)

Filmar lo sublime

Ha tenido que pasar casi medio siglo para que llegara hasta nosotros esta pieza de cine en directo en torno a la grabación de

Amazing Grace, una de las cimas creativas de Aretha Franklin. Con sentido de la oportunidad, el productor Alan Elliott, el cineasta Spike Lee y compañía, aprovecharon el eco mediático que supuso la muerte de la artista para trabajar en el filme inacabado de Sidney Pollack. La presencia de una Franklin entre emocionada y contenida, acompañada de la música que ella, James Cleveland y el Southern California Community Choir invocan para la ocasión, bastan para hacer estimulante la hora y media de metraje. En ocasiones, Pollack y su equipo logran entrar en una rara sintonía con Franklin y su público. Pero incluso algunos de los aparentes defectos de

Amazing Grace realzan su valor. Dado que el equipo de rodaje se encuentra ante un espectáculo en vivo, en ocasiones ni las cámaras, ni la posterior labor de montaje -a veces, hay que decirlo, perezosa, como realizada con prisas- son capaces de conectar con el vibrante show que tienen delante. Este carácter dubitativo, esta falta de foco, nos habla de procesos creativos: la habitual impotencia del cine a la hora de entrar en comunión con lo único, con lo sublime.

Lo mejor:

Su carácter de película en constante búsqueda y el apabullante espectáculo de Franklin y sus colaboradores

Lo peor:

Se echa en falta un trabajo de montaje más depurado en ocasiones

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