Capítulo 2


Literatura basura. Manual de Autoyuda, por Gonzalo Garrido


Cuando  Alberto Castresana anuncia que va a dedicarse a idear nuevos mundos literarios, se abre un periodo de paz espiritual. Muchas han sido las tensiones sufridas en la familia, las burlas recibidas, los comentarios jocosos, las caras de indiferencia por parte del personal adyacente y, lo que es peor, subyacente.  Por supuesto, en esta nueva etapa de su vida, nuestro personaje sigue realizando sus tareas habituales porque ha comprendido la imposibilidad de vivir de la escritura. Ni su economía ni su media-orange se lo permiten. Ambos lo acusan de irresponsable. Por eso acude puntualmente a su despacho de abogados donde comparte sus famélicos clientes con otros famélicos compañeros e intenta dar soluciones a las estupideces ajenas, y  en más de una ocasión propias, que se le presentan delante.

Tras ese momento de tensión, de caos, de zozobra vital, viene la paz y una paz intensa. Y es entonces cuando su malvada mente empieza a vislumbrar un nuevo horizonte –algo vengativo, cierto– con entrevistas profundas de un par de páginas en los medios de comunicación más significativos del país; con fotos de primer plano que reflejen su inteligencia en toda su dimensión; con conferencias repletas de audiencia en las universidades y ateneos de las principales ciudades del entorno; y con recepciones restringidas en el Palacio de la Zarzuela el día de La Hispanidad. Nuestro escritor de cuarenta años se ve lanzado al estrellato de la fama y agasajado por todos aquellos que dudaron de sus capacidades y le negaron su opción vital, la opción de convertirse en un ser fuera de lo común.

No obstante, pasada esa euforia que le dura un par de semanas, comienza la cuesta arriba. Una duda metódica empieza a taladrarle el cerebro: «¿sabré escribir?». Porque hasta la fecha Castresana no se ha preguntado si sirve para la narrativa, eso se da por descontado, y ha preferido centrarse en la parte lúdica de la nueva profesión, sin duda mucho  más interesante y placentera. Rectifico, sí se lo ha preguntado, y lo que es más grave, ha contestado afirmativamente pero sobre una base poco real, ya que está acostumbrado a redactar informes jurídicos muy alabados por sus clientes y  por sus colegas de despacho, pero no por los críticos literarios y sus más cercanos familiares.

Antes esa preocupación repentina, Castresana abandona el despacho antes de la hora y se acerca con paso decidido a la librería Vivanco, una de esas cadenas de libros donde uno de los empleados es viejo conocido del barrio. «Seguro que una persona tan cercana a la literatura sabe mucho de esto y me saca de dudas», piensa con optimismo. Lleva encima como oro en paño la última demanda redactada para un contencioso de servidumbre de paso en una de las viejas viviendas de la ciudad. No suena excitante, pero se ha esforzado al máximo con el documento. En su  ingenuidad se entusiasma con los gerundios y los adverbios, en especial los acabados en «mente». Incluso piensa que puede matar dos pájaros de un tiro y ganar el juicio y un premio literario
con relativa facilidad, gracias a la extraordinaria sintaxis desplegada en esas líneas.

Cuando llega el librero se encuentra atendiendo a un distribuidor que le presenta las últimas sesenta novedades de la semana. El dependiente parece mareado, como si su mente se hubiese bloqueado hace mucho tiempo con tanto libro innecesario. Tras un rato de espera en el que se dedica a mirar todo tipo de accesorios inútiles –cajas regalo, muñequitos absurdos, agendas multicolores, bolsas de todos los tamaños y condiciones, chinchetas con cabezas deformes– se le acerca amable y le estrecha la mano. «Valiente elemento», exclama refiriéndose al comercial, mientras éste sale por la puerta. «Intenta que le compre los libros al peso, sin tener ni idea de su contenido ni de su valor intelectual. Ni siquiera le importa la belleza del formato». El librero es de esos que sienten la profesión en sus carnes y que no aguanta a la gente sin vocación, algo que abunda en la industria literaria, llena de tipos malhumorados que se pelean por el espacio de las mesas de novedades de mala manera. Y añade: «se parece a mijefe que sólo habla de rotaciones y más rotaciones, como si este negocio fuera una especie de ruleta rusa financiera».

Tras una rápida explicación de las aspiraciones literarias, que el dependiente es incapaz de apreciar en su justa medida, nuestro autor le pide su opinión, la opinión de un verdadero experto. El librero intenta escabullirse con una burda excusa, pero ante la insistencia de su amigo lee el documento de corrido con el corazón desbocado. Sabe lo delicado del tema. No es su primera experiencia con un escritor que comienza su andadura profesional, ni será la última, para su desgracia. Sin embargo, sí es la primera vez que analiza una demanda legal como texto literario. No importa, cosas peores se han visto en el mundo editorial. Quiere quitarse el compromiso cuanto antes. Sabe que a ningún escritor se le va la obsesión de su cabeza. Desde luego no va a ser él quien
le anime a tal cosa. Además, aunque esté mal decirlo, no le entusiasma la narrativa en exceso con sus continuas elipsis, metáforas e hipérboles, prefiere el ensayo, le parece una actividad mucho más civilizada, menos snob.

Para salir del paso, en un fogonazo de inteligencia, comenta que el estilo de Castresana le recuerda muchísimo al de Stendhal, un escritor francés que dignificó la literatura imitando el código civil napoleónico y jugando con los colores rojo y negro. «Tu obra tiene ese punto de los grandes narradores», remata. Esta comparación le convence a nuestro autor. «Estendal», repite en voz alta sin saber cómo se escribe ni pronuncia. Le gusta el nombre. Suena bien. Tiene fuerza. Es una respuesta que marca una línea de profesionalidad y deja muchas esperanzas abiertas, como desea cualquier autor ambicioso.

Una vez recibido el veredicto, se despide rápido, contento, sin apenas agradecer la atención de su amigo, de lo nervioso que está. Al menos ahora es consciente de que su escritura tiene un nivel similar a los clásicos. Eso no es poco en estas primeras etapas de su profesionalización. La mayoría de los escritores noveles nunca tuvieron un referente de esas características, ni siquiera los
mismísimos franceses que, como todo el mundo sabe, son muy suyos. «Tendré que mirar en internet quién es el tal Estendal», se dice satisfecho, para ver si el autor francés está de verdad a su altura.

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