Crítica de La favorita

Deriva autocomplaciente

La carrera de

Yorgos Lanthimos, uno de los autores europeos de moda en la última década, ha acabado aplastada parcialmente en sus últimos títulos (

Langosta y

El sacrificio de un ciervo sagrado) por la recurrencia creciente a un sentido vacuo de lo estrafalario, incapaz de eviscerar los códigos del relato. En su primer filme de época, Lanthimos vuelve a hacer gala de un virtuosismo en el tratamiento de la puesta en escena irreprochable, al que se suman las grandes cualidades expresivas de la fotografía de Robbie Ryan (Cumbres borrasosas,

American Honey). Lo más estimulante de esta narración sobre afectos, suplantaciones y juegos de poder en la corte es la manera en que el director acaba sembrando las claves de su filmografía en la historia: el poder venenoso del lenguaje, el anhelo metafísico de ser otro y el simulacro existencial como modus vivendi contemporáneo. Sin embargo, aparte de ciertas arritmias propias de un entramado de acontecimientos reiterativo,

La favorita debe luchar constantemente contra sí misma: su sentido del humor, menos revulsivo que autocomplaciente, rara vez alcanza el extrañamiento que persigue, y más bien le resta enteros al filme.

Lo mejor:

Los recursos cinematográficos de Lanthimos y la expresividad fotográfica de Robbie Ryan

Lo peor:

Es mucho menos subversiva y más autocomplaciente -e irritante- de lo que pretende

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