Crítica de La casa de Jack

Vida de artista

La actitud creativa de

Lars von Trier, equiparable a la de pocos cineastas contemporáneos, está ya por encima del bien y del mal. Desde Dogville hasta

Nymphomaniac, y sin interrupciones, el danés ha demostrado no solamente haber madurado en cuanto a sus recursos y mirada, sino en lo que respecta a concebir sus películas con una radicalidad creciente y pasando incluso por encima de las expectativas de sus más fieles acólitos -si es que, a estas alturas, aún queda alguno-. En cualquier caso,

La casa de Jack, acudiendo a referentes tan diversos como Pier Paolo Pasolini o Jörg Büttgereit (como ha señalado Álvaro Peña) es una ficción apasionante, tan divertida como profundamente perturbadora. Los recuerdos de un asesino en serie, invocados durante un viaje al infierno en el cual lo acompaña el poeta Virgilio, tienen no poco de proceso de autorreflexión artística sobre la naturaleza de la obra del propio Von Trier -quien afortunadamente ha superado los accesos autocompasivos de

Anticristo y

Melancolía-. Pero además de eso,

La casa de Jack se erige en gloriosa sátira, en términos tanto existenciales como estéticos, a propósito de la manera en que revestimos nuestros defectos y taras de un aura capaz de otorgarles un sentido trascendente. En definitiva, un largo abrumador, cuya complejidad nos invita a regresar a él en el futuro.

Lo mejor:

En pocas palabras, es una de las propuestas más radicales y lúcidas que han llegado a la cartelera en los últimos años

Lo peor:

Hay mucho de intuición visceral en las imágenes, y por tanto, es un filme necesariamente irregular

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