Crítica de Wonder Wheel (La noria de Coney Island)

El color de las emociones

Aunque es obvio que desde hace mucho, quizá décadas, las películas de

Woody Allen no constituyen eventos capaces de suscitar debates entre el público ni tendencias entre los cineastas, en los últimos tiempos se está produciendo una injusta minusvaloración de su figura que, en base a prejuicios ideológicos más ligados a su vida que a sus logros artísticos, está teniendo incluso delirantes efectos retroactivos.

Wonder Wheel, fábula sórdida acerca de una mujer que, en la Nueva York de hace setenta años, no se resigna a ser la esposa de un feriante y trata de agotar sus cartuchos existenciales vía una relación sentimental arriesgada, demuestra que, quien tuvo, retuvo, y, además, es capaz siempre de volver a hacer fuego a partir de brasas. En apariencia, 

Wonder Wheel es una representación de tintes en exceso teatrales, que se recrea en inquietudes y matices autobiográficos explotados por Allen hasta la saciedad. Sin embargo, el punto de vista narrativo, ciertos guiños, y la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro, nada decorativa sino fundamental para entender la película, nos hablan de un complejo ejercicio metadramático de ficción que, probablemente, sea reivindicado en el futuro.

Lo mejor:

La fotografía de Vittorio Storaro y sus sentidos

Lo peor:

La película no logra paliar la sensación de decadencia que transmite el cine de Woody Allen desde hace años

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