Crítica de Vivir deprisa, amar despacio

El amor ha muerto

Como otras dos cintas francesas recientes,

Clímax, de Gaspar Noé, y

120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo, la última película de Christophe Honoré vuelve su mirada a unos años 90 entendidos como década de efervescencia y crisis cultural.

Vivir deprisa, amar despacio es tanto una regresión al pasado creativo del director (Siempre juntos, Dans Paris) como una reflexión en torno a la huella de sus referentes cinéfilos y literarios. Historia de amor condenada al fracaso, la película resulta menos mortuoria de lo que podría inducirnos a pensar en un principio. Es, en cualquier caso, una celebración de la existencia, aun cuando el tiempo de amar ha acabado y únicamente cabe esperar a la muerte: la energía que desprenden los intérpretes en sus encuentros y desencuentros imbuyen de una conmovedora vitalidad a las imágenes. Honoré lleva a un nuevo estadio el romanticismo desesperado del cine de François Truffaut, hasta el punto de que podríamos decir que

Vivir deprisa, amar despacio es una revisión crítica de la concepción de los afectos en filmes como Las dos inglesas y el amor o, sobre todo, La habitación verde. Aunque a veces resulte derivativa y sus imágenes no siempre gocen del mismo fragor expresivo, el conjunto es abrumador.

Lo mejor:

Es una película plagada de escenas sobresalientes, tanto en lo formal como en su modo de pensar las emociones

Lo peor:

A veces tenemos la sensación de que el relato da vueltas sobre sí mismo

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