Crítica de Verano 1993

Senyera terapéutica

El primer largometraje de Carla Simón, premiado en los festivales de Berlín y Málaga, se mueve entre una estética publicitaria ligada a lo hipster, y un realismo deudor del cine de cogotes en marcha, primeros planos de rostros inexpresivos y acontecimientos fuera de campo que ciertas publicaciones y escuelas de audiovisual han erigido en paradigma del cine auténtico. Con tintes autobiográficos, Carla Simón describe el cambio traumático en la vida de una niña cuando, en el verano que da título a la película, sufre la pérdida de su madre y es acogida en la Cataluña rural por familiares cercanos.

Verano 1993 se pretende retrato elegante, de sensibilidad contenida, sobre un tránsito forzado a la madurez, que presta atención privilegiada al momento y la sinestesia. Sin embargo, a pesar de aciertos aislados, en especial las relaciones que establecen en pantalla los niños, la película es víctima de una profunda inexpresividad, debida a las características formales ya apuntadas y una considerable afasia política, muy común en el cine español realizado hoy por hoy en los márgenes; salvo, quizá, en lo que toca a alguna insinuación inquietante de carácter fascionacionalista.

Lo mejor:

La sinergia entre las niñas protagonistas

Lo peor:

Es cine rancio bajo sus apariencias de modernidad

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