Crítica de The Rider

Fábula y testimonio

El segundo largometraje de la realizadora china afincada en Estados Unidos Chloé Zhao aspira, como Songs My Brothers Taught Me (2015), a profundizar en las culturas que han conformado su país de adopción. En su ópera prima, Zhao exploraba la integración de los sioux en la Norteamérica de hoy recurriendo como actores a auténticos nativo americanos. En

The Rider, hace lo propio con la comunidad de practicantes del rodeo de potros salvajes y reses bravas en ferias y campeonatos: la familia protagonista del filme lo es también en la vida real, y sus cuitas y precariedad han sido incorporadas por Zhao al relato, que vuelve a constituirse por tanto en ejercicio de neorrealismo. La estrategia creativa de la directora es efectiva, aunque se cobre a la larga el precio de que los aspectos dramáticos -la relación de Brady (Brady Jandreau) con su padre, la crítica al universo del rodeo como germen de masculinidades tóxicas- se desarrollen de modo insatisfactorio o suenen extemporáneos.

The Rider es una película correcta, inspirada en algunos fragmentos; pero, si merece recomendarse, es, sobre todo, como ejemplo de lo complejo que resulta aunar lo testimonial y lo fabulado.

Lo mejor:

Todo lo relativo al vínculo del protagonista con su hermano y con su pasión, el rodeo

Lo peor:

Nos hallamos ante un ejemplo casi estereotípico de película bienintencionada pero que no deja gran huella

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