Crítica de Muchos hijos, un mono y un castillo

Individuo, clase

Han pasado quince años desde que el actor Gustavo Salmerón ganase el Goya al mejor cortometraje por Desaliñada (2001). Después de experiencias posteriores tras la cámara casi invisibles –Rhythms of Oriental Dance (2005), La matanza (2011)-, Salmerón ha logrado el reconocimiento crítico y el premio al mejor documental en el Festival de Karlovy Vary con lo que puede considerarse labor de toda una vida: a lo largo de catorce años, grabó cuatrocientas horas de metraje sobre su familia y, en especial, su madre, Julia, que ha montado en clave de reportaje tierno y humorístico. El pretexto argumental de

Muchos hijos, un mono y un castillo -la búsqueda de las vértebras de la abuela de Julia- sirve por tanto de mero aglutinante a una sucesión de viñetas impresionistas que dan cuenta cómplice de lo pintoresco de la protagonista y, por extensión, la burguesía española; clase que ha tendido a dejarse arrastrar con languidez por los vientos de la historia, y que está poco acostumbrada a pensar y pensarse en tanto pieza básica para articular una sociedad. Salmerón no puede permitirse el lujo de hacer sangre con ello, pero, aun así, de su película se deducen lecturas menos risueñas de lo esperado.

Lo mejor:

Gustavo Salmerón sabe hacer bastante con unas vidas que se perciben mucho más vulgares de lo que se pretende

Lo peor:

Estamos muy lejos de El desencanto (1976)

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