Crítica de Mascotas

Pet Story

Hasta la fecha, los méritos creativos de Illumination Entertainment –

Gru, mi villano favorito (2010) y secuela o

Los minions (2015)– se hallan varios escalones por debajo de los de otros estudios de gran presupuesto dedicados al cine animado. Artífices de una animación basada en el slapstick vocinglero, un golpe de clarividencia comercial ha sembrado su mayor logro hasta la fecha, el diseño de una maravilla del merchandising contemporáneo: criaturitas amarillas y escandalosas que vuelven locos a niños e instagramers. Aunque no tenemos tan claro que Max, Bridget, Duke y Chloe, protagonistas de

Mascotas, logren cosechar un éxito semejante a través de la venta de peluches o mochilas, la compañía ha urdido una estrategia igualmente inteligente, apostando por el auge de los animales de compañía en internet y en otros espacios de la cultura popular.

Como en los vídeos de cachorros de beagle defecando en los zapatos preferidos de la abuela o en los memes sobre la superioridad moral y existencial de los gatos, es menos relevante el afán de adentrarse en el sentido de los comportamientos animales que la reinterpretación, por parte de sus dueños, de lo que sienten, piensan y comunican.

Mascotas es, por ello, una pieza ligada a una mirada al animal doméstico plenamente contemporánea y masificada, y durante su prólogo, ubicado en el ámbito hogareño, sabe extraer un puñado de gags bastante eficaces basados en la repetición de actos, los matices gestuales y, en definitiva, el recurso paródico a situaciones habituales en quienes conviven con canes, felinos o aves.

Sin embargo, en cuanto Max y Duke inician su aventura de regreso al hogar, el filme de Yarrow Cheney y Chris Renaud –ambos relacionados con el universo Minion–  cae en la rutina de un relato de maduración prototípico, cuya asumida sencillez no justifica que las relaciones entre los personajes resulten a menudo vaporosas. La expresividad bidimensional de los ojos, la visita alucinógena a una fábrica de salchichas, las apariciones del sangriento y revolucionario conejo Pompón y alguna ocurrencia puntual salvan del tedio una propuesta cuyo objetivo primordial –y, quizás, único– es constituir un entretenimiento familiar adrenalítico, agradable y calculadamente inocuo, recomendable pasatiempo veraniego para niños y fans del pet side of YouTube.

Lo mejor:

Los primeros minutos, ingeniosos e hilarantes

Lo peor:

Lo rutinario de la peripecia de los protagonistas

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