Crítica de La carga

Peso concreto, peso abstracto

La tercera película del cineasta serbio Ognjen Glavonic es la nonagésima aproximación de los últimos años a la Guerra de los Balcanes y, especialmente, a las repercusiones tangibles e intangibles sobre el cuerpo social del país. Sin embargo, su director aporta lo suficiente como para marcar la diferencia: logra urdir la crónica perturbadora de un viaje con un destino prefijado, pero cuya mecanicidad acaba delatándose absurda. Glanovic no recurre a la obviedad de la parábola a la hora de dar sentido a las imágenes, algo tan habitual en otras producciones de similar punto de partida.

La carga ofrece un equilibrio inusual entre el sentido poético de lo que vemos y la perspectiva hiperconcreta de su protagonista, en cuya subjetividad nos hallamos tan enfrascados como espectadores que, más que una experiencia de la Historia del momento, 

La carga es el relato en torno a un ser humano que ha de atravesar su presente y, a la par, ser atravesado por él. Las largas tomas, la abundancia de tiempos muertos y un desenlace abrupto redondean la contundencia de este thriller existencial.

Lo mejor:

No necesita de grandes recursos dramáticos para cargar de angustia esta fábula de tintes morales

Lo peor:

Su estatismo se desliza en ocasiones hacia la inexpresividad

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