Crítica de Entre dos aguas

Con el pasado a cuestas

Desde Tres tristes triples (2013) hasta

La próxima piel (2016), Isaki Lacuesta e Isa Campo habían iniciado una etapa de experimentación en su cine que parecía responder tanto al inconformismo creativo como a la necesidad de adaptarse a nuevos públicos, cuando otros realizadores, como Carlos Vermut, comenzaban (en apariencia) a tomar el lugar preeminente que alguna vez habían ocupado Lacuesta-Campo. Resulta interesante que dicha etapa, cinco años después, culmine con este filme, uno de los más hermosos que haya dado el cine en 2018, y un hito en la carrera de la pareja. Retomando a uno de los dos protagonistas de La leyenda del tiempo (2006), Isra, cuya mirada se ve enriquecida en esta ocasión por la de su hermano Cheíto,

Entre dos aguas observa con lúcida atención, y un poderoso sentido lírico, la caligrafía del tiempo. La pretensión de cerrar la cicatriz que se abre entre pasado y presente con tal de poder mirar, finalmente, al porvenir, se aplica tanto a Isra y Cheíto como a Lacuesta y Campo, quienes en su labor de cineastas realizan un meritorio ejercicio introspectivo.

Entre dos aguas sabe ser política y poética, y su reinterpretación de lo documental desde la ficción fluye con una magia y capacidad evocativa conmovedoras.

Lo mejor:

La mágica fluidez de una película que, por otro lado, nos está incitando a reflexionar sobre sus hechuras plano a plano

Lo peor:

La integración de imágenes de La leyenda del tiempo no siempre resulta acertada

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