Crítica de El principito

Galletas de la fortuna

Estrechamente ligado al mundo de la animación, Mark Osborne, co-director de Kung Fu Panda (2008), rueda una secuela audiovisual de la novela de Antoine de Saint-Exúpery, un long seller que con el tiempo se ha convertido en todo un icono cultural. Por ello, resulta cuanto menos llamativo que Osborne retome las aventuras de los personajes imaginando un mundo donde El Aviador que encuentra al cándido Principito es el autor de una obra desconocida.

 Una decisión útil para señalar el sacrificio, en el altar de la lógica del mundo moderno, del cordón umbilical que nos une a la infancia, con todo lo que ello implica. Pero la estrategia de

El Principito es paradójica si tenemos en cuenta no solo la incomparable difusión del libro a partir de su publicación, sino además -y no cabe culpar de ello a Exúpery- su influjo decisivo en la actual cultura de la autoayuda y el aforismo de galleta de la fortuna. Recurriendo al subrayado y a una cursilería a veces estomagante, El Principito es un producto plenamente deudor, precisamente, de este contexto. Aunque ambicione convertirse en comentario sobre la validez y vigencia del original, el viaje de La Pequeña para salvar al Principito del olvido no aporta nada de relevancia a lo que escribiera Exúpery más de setenta años atrás.

 Pese a la escasa significación de

El Principito, la competencia de Osborne, sobre todo en los precisos gags en torno al funcionamiento de una urbe, hace del filme una experiencia llevadera. Lo más destacable de un conjunto discreto son las fructíferas sinergias entre diferentes formatos de la animación, ejecutados con gracia, desde el 3D al stop-motion, pasando por el dibujo a lápiz.

Lo mejor:

Los tramos en stop-motion nos reservan algunos planos muy bellos

Lo peor:

Es un regreso excesivamente obvio y cursi a la novela de Exúpery

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