Crítica de El club

Entrevistas breves con hombres repulsivos

Se produjo una situación paradójica durante la celebración de la LXIII edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, clausurada el pasado 26 de septiembre. El director del certamen, José Luis Rebordinos, lleva unos años anteponiendo estratégicamente en su programación las producciones tanto españolas como latinoamericanas frente a las de otras nacionalidades. Pero, en esta ocasión, optó por mimar sobre todo las primeras, embriagado con toda seguridad por la recepción entusiasta que jurado, público y crítica dispensaron a

Magical Girl y

La isla mínima en la edición 2014 del certamen.

 Este año, sin embargo, resultó que la nutrida representación española en el festival fue en casi todos los casos decepcionante, mientras que la debida a cineastas hispanoamericanos rayó a gran altura:

El apóstata (recién estrenada), El clan (que se verá en España el 13 de noviembre), Vida sexual de las plantas, Paulina, Desde allá, Te prometo anarquía …y, por supuesto,

El club, programada en la sección Horizontes Latinos con el aval de haber obtenido ya en la última edición de otro festival, el de Berlín, un Oso de Plata.

 Aunque el cinéfilo con experiencia sabe que este tipo de distinciones no garantizan de por sí que una película valga la pena, esta vez hacen justicia a nuestro parecer a las cualidades de El club, que son muchas. Lo que, por otra parte, también era esperable dado que su guionista y director, el chileno Pablo Larraín, había experimentado una espectacular evolución creativa a lo largo de sus cuatro largometrajes previos: Fuga (2006), Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y

No (2012). Títulos todos ellos que partían de anécdotas dramáticas esquinadas para, en mayor o menor medida, dar cuenta de las paradojas e incongruencias en que se halla sumida la sociedad chilena tras la dictadura (1973-1990) de Augusto Pinochet, y un retorno a la democracia lastrado por la pervivencia de oscuros poderes fácticos y la asunción del neoliberalismo como doctrina económica única y excluyente.

 

El club sigue esa hoja de ruta, a partir de una historia inspirada en hechos reales: la iglesia católica gusta de recluir a los sacerdotes que han sido descubiertos en la comisión de delitos como la pedofilia o el robo de niños para su adopción por parejas adineradas, en residencias tan lujosas como apartadas donde permanecen durante un tiempo prudencial o lo que les resta de vida, consagrados supuestamente a la meditación. Hasta una de ellas se llega en el film de Larraín un sacerdote de nuevo cuño, con instrucciones de evaluar la pertinencia de que esas casas de acogida permanezcan abiertas, así como la verdadera situación material y psicológica de sus moradores…

 Ello da lugar a una fábula que funciona inmejorablemente hasta en tres niveles distintos, gracias no solo a los oficios de Larraín, también a un reparto en estado de gracia y una extraordinaria fotografía digital de Sergio Armstrong, que aporta a las imágenes una textura fantasmática, perturbadora. En primera instancia, El club es un retrato coral asfixiante, dramatúrgico en el mejor sentido de la palabra, sobre varios personajes enfrentados a sus imposturas y flaquezas psicológicas merced a los interrogatorios de un extraño. En segundo lugar, como ya hemos apuntado a propósito de sus anteriores películas, Larraín hace que los miembros de tan siniestro club representen a todo un orden colectivo organizado, en este caso el religioso, cuyos males -y las excusas con que tratan de disculparse- son revelados con talento a través de las faltas y los discursos de los protagonistas de la ficción.

 Por último, y es la cualidad que posiblemente le brinde a El club un lugar persistente en la memoria cinéfila, la cinta se erige en lúcida reflexión, ajena a localismos y coyunturas, sobre lo frágil de la condición humana, la vanidad y el olvido, lo que creímos ser y lo que somos cuando cae el telón. El mayor fracaso de los sacerdotes a los que se obliga a dar la cara, no será a la postre que hayan de confrontar ante sí mismos sus culpas; ni que estas les devuelvan el reflejo distorsionado de una institución bajo la que se cobijaron, pero que a la hora de la verdad es incapaz de proporcionar un sustrato moral convincente a lo que hacían. Su mayor fracaso es constatar que sus días de poder, entusiasmos, impunidad, satisfacciones, se han evaporado; que ya no tienen más solidez que la de un sueño, del que despertarán, como todos antes o después, abocados a la decadencia y la muerte.

Lo mejor:

Las interpretaciones, y la fotografía de Sergio Armstrong

Lo peor:

Algún altibajo de ritmo

Ir a la película

Etiquetas:



Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *