Crítica de Coco

Cine impecable

Dada la cantidad de cine animado digital que satura la cartelera, la familiaridad inevitable con las formas y las historias que Pixar brinda desde hace más de veinte años, y unas derivas creativas cada vez más conservadoras desde que fuese adquirido por Disney en 2006, resultaba difícil que el decimonoveno largometraje del estudio norteamericano supusiese ninguna revolución. Y, en efecto,

Coco es otro ejemplo de animación entusiasta, con momentos de una extraordinaria belleza y madurez, cuyos argumentos humanistas pecan en cambio de enrevesados y artificiosos; como ya sucedía en

Del revés (2015),

Coco se empeña en parecer grave y en emocionar con estrategias tan obvias que acaba por causar el efecto contrario, un cierto distanciamiento. Su protagonista es Miguel, un niño mexicano que no se resigna a continuar la tradición familiar como aprendiz de zapatero, dado que aspira a ser un músico tan influyente como su ídolo, el mítico Ernesto de la Cruz. Miguel emprenderá durante la festividad del Día de los Muertos un viaje iniciático que reconciliará su vocación con los legados y valores de sus antepasados. Una película impecable, pero con la inspiración justa.

Lo mejor:

La mezcla de lo expresivo y lo hiperrealista en su animación

Lo peor:

Pixar ha perdido hace tiempo la magia

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