Del Carrer dels Adressadors de Valencia puede decirse que tiene la desacostumbrada virtud de ser un lugar a la vez pintoresco y limpio. Pintoresco sin ser roñoso y limpio sin ser estéril. Cincuenta, cien años atrás, el encanto de esta calle de la capital se habría asignado, sin dudarlo un momento, a la burguesía floreciente, a esas mismas familias emprendedoras que hoy se marchitan o malresisten bajo el implacable sol del mercadeo y sus políticos.
Los rasgos particulares de este tipo de espíritus -la anchura y decencia burguesas- pueden respirarse tanto en el interior de sus negocios (de sus talleres artesanales de madera y mimbre, sobre todo, pero también de sus tiendas de ropa y juguetes) como en el agua que riega cada mañana su empedrado. Un agua que permanece, purificadora, durante buena parte del día, contra esta irritante lógica de agosto y su olor a cheetos rancios.
Los talleres de artesanía del Carrer dels Adressadors se dividen entre tiernos y versallescos, es decir, entre los que aspiran a casa de Gepetto y los que aspiran a casa de muñecas. Los primeros los regentan integrantes de corrillo de café, mujeres de unos cuarenta o cincuenta años y, sin embargo, con voz de madre primeriza, mucho más próximas al “cómo estás” que al “qué desea”. Los segundos establecimientos, que tienen un aire estancado de museo, están dirigidos por señores de treinta y muchos con un evidente y sofisticado amaneramiento. “Hola”, te dicen, nada más entrar. Si en aquellos dominan las aristas y el barniz, en estos avasallan las molduras y los acolchados. Si aquellos huelen a carpintero pujante, estos rezuman un barroco perfume de cajón de sacristía.
De los portales de las fincas, pintorescas pero limpias, viejas pero no descuidadas, salen de tanto en tanto algunas señoras con permanente, vestidos más o menos blancos y cara de dirgirse al mercado central -aunque luego recalen en el bar o en los bazares chinos circundantes. Con ellas se cruzan, sin mezclarse, algunas extranjeras de aquellas altas, rubias y distantes, esfinges que se detienen frente los escaparates sin ninguna intención de comprar pero tampoco de mirarse en el reflejo.