Turismo


4
ago 11

El Carrer dels Adressadors

Del Carrer dels Adressadors de Valencia puede decirse que tiene la desacostumbrada virtud de ser un lugar a la vez pintoresco y limpio. Pintoresco sin ser roñoso y limpio sin ser estéril. Cincuenta, cien años atrás, el encanto de esta calle de la capital se habría asignado, sin dudarlo un momento, a la burguesía floreciente, a esas mismas familias emprendedoras que hoy se marchitan o malresisten bajo el implacable sol del mercadeo y sus políticos.

Los rasgos particulares de este tipo de espíritus -la anchura y decencia burguesas- pueden respirarse tanto en el interior de sus negocios (de sus talleres artesanales de madera y mimbre, sobre todo, pero también de sus tiendas de ropa y juguetes) como en el agua que riega cada mañana su empedrado. Un agua que permanece, purificadora, durante buena parte del día, contra esta irritante lógica de agosto y su olor a cheetos rancios.

Los talleres de artesanía del Carrer dels Adressadors se dividen entre tiernos y versallescos, es decir, entre los que aspiran a casa de Gepetto y los que aspiran a casa de muñecas. Los primeros los regentan integrantes de corrillo de café, mujeres de unos cuarenta o cincuenta años y, sin embargo, con voz de madre primeriza, mucho más próximas al “cómo estás” que al “qué desea”. Los segundos establecimientos, que tienen un aire estancado de museo, están dirigidos por señores de treinta y muchos con un evidente y sofisticado amaneramiento. “Hola”, te dicen, nada más entrar. Si en aquellos dominan las aristas y el barniz, en estos avasallan las molduras y los acolchados. Si aquellos huelen a carpintero pujante, estos rezuman un barroco perfume de cajón de sacristía.

De los portales de las fincas, pintorescas pero limpias, viejas pero no descuidadas, salen de tanto en tanto algunas señoras con permanente, vestidos más o menos blancos y cara de dirgirse al mercado central -aunque luego recalen en el bar o en los bazares chinos circundantes. Con ellas se cruzan, sin mezclarse, algunas extranjeras de aquellas altas, rubias y distantes, esfinges que se detienen frente los escaparates sin ninguna intención de comprar pero tampoco de mirarse en el reflejo.


25
ene 11

Visita rápida a Barcelona (2 de 2)

En Barcelona todo parece estar más a mano que en Madrid, aunque no lo esté en absoluto. El castillo de Montjuic tiene aires de barco suspendido sobre el puerto. El mar permanece quieto mientras unos pocos hilos de luz se filtran entre las nubes e iluminan a pedazos su superficie de gigante marino. Me siento un rato junto a un señor que lee el periódico y mira al mar para descansar la vista. El castillo está lleno de nidos de ametralladora y si uno se pone en la piel del asaltante (lo cual no es difícil porque aquí también están taladrando) sabe que podrían matarle en cualquier instante y desde varios sitios a la vez.

Después de gastarme seis euros en el teleférico y prometerme no volver a hacerlo mientras no sea millonario, pretendo llegar al paseo de Colón para comer algo. En el mirador de Miramar me doy cuenta de que en Barcelona hay demasiados sitios en los que uno puede suicidarse y supongo que la falta de medidas tendrá que ver con que el tiempo nunca acompaña para hacerlo. Desde allí arriba veo el monumento a Colón pero no tengo ni idea de cómo llegar sin despeñarme. Finalmente decido tomar el camino más evidente que, por supuesto, también es el más largo.

Alcanzo el paseo, me doy una vuelta por el puerto y llego hasta las Ramblas. Allí me tienta escribir que percibo aires de la vieja Barcelona, pero eso seguro que se lo he leído a alguien y a mí en realidad me parece un paseo superpoblado con no pocas expresiones de mal gusto para turistas con mal gusto. Los frecuentes puestos de plantas y flores contrarrestan un poco el olor a humanidad.

La Plaza de Cataluña está encajada entre bancos (de dinero) y fuentes (de agua). Señores adultos juegan a asustar a las palomas y a inmortalizar su proeza con cámara digital mientras una niña duerme, preciosa, en los brazos de su madre. En el Passeig de Gràcia almuerzo y descubro la casa Batlló, por este orden. En lo minúsculo la arquitectura modernista tiene un algo de austeridad que la hace dos veces buena pero en lo gigantesco (como es el caso de la Sagrada Familia, a la que llego cruzando la Calle de Provença) no puede evitar la tosquedad.

George es un chico indio guapetón que podría pasar perfectamente por actor de Bollywood. Tiene dos tiendecitas en Poble Nou a la salida de un centro comercial, una enfrente de la otra, una zumería enfrente de un bar, y va de uno a otro establecimiento conforme llegan los clientes. En la zumería tomo un zumo de naranja de septiembre pero fresco y agradable.

En la playa de la Barceloneta hay clubs ultraelegantes y ultragays. Entraría si fuese acompañado o me sintiese lo suficientemente cool como para no estar incómodo a solas. En sustitución de eso me compro una entrada para el zoo y paso allí dos horas, buena parte de ellas sintiéndome obligado por los 16 euros gastados. La mayoría de los animales están aburridos y transmiten una sensación de tristeza que en ningún momento consigue contrarrestar la felicidad de los delfines.

El barrio gótico debe ser magnífico después de un ataque bacteriológico que despeje las calles de turistas. La catedral, convertida en atracción de feria, pone a la disposición del visitante ocas, tortugas y almendras de chocolate.

Aunque ésta ha sido mi segunda visita a Barcelona podría pasar por la primera. De aquélla sólo recuerdo que fui al Corte Inglés. A la próxima espero tener mucho más tiempo para poder ver muchas menos cosas. Fins aviat!


24
ene 11

Visita rápida a Barcelona (1 de 2)

Llueve y hace frío. En la cola del tren algunas mujeres se agarran a sus chaquetas para darse el calor que les ha robado la tarde. El tren sale a las seis, puntual y silencioso, y sólo con un humo negro y espeso habría completado la fantasía invernal. En el vagón las personas que van a viajar encaradas se miran disimuladamente, intentando prever lo que les espera y lo que no durante las tres horas de viaje hasta Barcelona. A ratos un sol blanquinoso aparece por algún resquicio gris de alguna nube más gris todavía. Sigue lloviendo y las gotas compiten deslizándose oblícuamente por la ventana. Un hombre con americana marrón, camisa blanca y apariencia de profesor de economía sonríe satisfecho con la película y dos asientos por atrás un chico que podría ser su alumno menos aplicado hace lo mismo pero mucho más ostensiblemente.

Mis primeros pasos por Barcelona son idénticos a los últimos que di en Valencia. Tengo el cuerpo acostumbrado a vivir al nivel del mar y la ausencia de impresión física se me confunde con la falta de emoción por el destino.

El hotel está en la avenida de Les Corts y es de cuatro estrellas pero huele igual que los baratos del arrabal. Al menos han tenido el gusto de prescindir de las moquetas para las habitaciones. La ventana del dormitorio mira hacia un patio interior que debe ser la azotea del edificio contiguo. La noche resulta calurosa y húmeda. Me despierto pronto, a eso de las siete, con el dichoso olor a hotel pegado al paladar. Quiero aprovechar al máximo el día y después de una ducha rápida (pero efectiva, teniendo en cuenta la insultante presión del agua) bajo a la calle y empiezo a andar hacia la Plaza de España. La mañana huele a panadería y a camión de la basura, alternativamente.

El edificio de “Arenas de Barcelona” es una mezcla de la plaza de toros que fue con añadiduras de estadio de fútbol y fábrica de conservas. Las torres venecianas parecen estar ahí exclusivamente para que el sol les bañe sus remates de templo griego. El palacio de Montjuic, a lo lejos y a lo alto, pesa avasallador bajo el cielo y parece flotar sobre la tierra. El museo lo abren a las diez (allí están las pinturas originales del ábside de Sant Climent de Taüll) pero no me molesta que sean todavía las nueve. La mañana es demasiado perfecta como para gastarla en interiores.

El Tibidabo reconforta en la distancia, con su perfil de acrópolis defendiendo a la ciudad. Al subir a Montjuic se me ofrecen cuatro caminos: dos escaleras simétricas que llevan a las puertas del museo, otra en bajada hacia el Paral.lel y otra que sube hacia no sé dónde y que al tomarla me ofrece tres nuevas posibilidades. Tomo la más sinuosa, que es un camino entre árboles que abarcan cientos de tonalidades de verde. Sólo se ven barrenderos, obreros, estudiantes y algún jubilado. En las inmediaciones del Palau Sant Jordi, con el estadio olímpico presidiendo la escena y dominando la parte occidental de la ciudad, la soledad se hace apocalíptica. Este turismo sin turistas me anima a subir hasta el castillo.