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7
oct 11

La deuda

Tener un plan es básico para que la vida sea vida. Todo plan genera unas expectativas, fabrica unos ideales, justifica unos sacrificios. Los planes sucesivos materializan el espíritu y lo superponen a la materia que pasa. La deuda es la historia de dos fantasías llamadas “progreso” y “justicia”, del secuestro del uno por la otra en el Berlín oriental y de sus consecuencias en un presente cada vez más doloroso. Aquí nada está resuelto aunque todo lo parezca desde el principio. Las simetrías entre las que se mueve la película son mera apariencia, un falso espejo que delata los efectos de la inconsistencia humana. Un juego de los siete errores. John Madden ha fabricado con esta película un relato sobre los vaivenes de la historia y de quienes la protagonizan y la narran. En La deuda la verdad se abre paso irreparablemente y lo hace como solamente puede hacerlo: a través del sufrimiento que supone renunciar a la opciones fáciles y a las soluciones de compromiso. Como dice la famosa frase: si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes.


27
sep 11

El árbol de la vida

Cuando entré en la sala de cine no sabía quién era Terrence Malick. Iba limpio y puro como una virgen. Con mi flor intacta. Luego me he enterado de que también fue él quien perpetró esa abominacíón llamada La delgada línea roja, película que rompió mi costumbre de no salirme del cine por muy mala que fuese la película. Este hombre y yo nunca vamos a entendernos. Su vida suya se parece muy poco a la vida. Como en esas escenas de tipos solemnes pululando trajeados por la playa -así en plan City of Angels-, tan ombligueras y, por encima de todo, tan injustificadas. Los personajes de Malick no cagan. Al parecer.

Malick, por decirlo de alguna forma, es demasiado alemán para mi gusto. Por mucho que se empeñe, yo no puedo percibir con los sentidos -ni, por supuesto, disfrutar a través de ellos- algo tan alejado de los sentimientos, algo tan metafísico, algo que tiene que recurrir a lo cósmico para acercarse a lo humano. Lo humano es sangre, sobre todo. No son estrellas danzando en el firmamento ni lava abismándose en el mar. Un hombre ensimismado no es más que un hombre ensimismado y los puntos azules sobre fondos verdes no son más que puntos azules sobre fondos verdes, por mucho que se empeñe el arte contemporáneo.

El new-age es la negación de la evidencia -de eso tan bonito que se llama superficialidad- y para mí El árbol de la vida es una película tan new-age que se queda en una portada brillante, colorida y con letras plateadas. Que no tiene chicha, vamos. Parece que todos los personajes -porque estos nunca alcanzan el rango de personas- estén planteándose a cada momento el sentido de la vida… Y que la vida les pase por delante de los ojos sin darse cuenta, de tan perdidos como están. Una película que me gustó mucho fue Copia certificada, que se parece a esta en el envoltorio pero que, a diferencia de esta, llevaba dentro un bonito regalo. El árbol de la vida, salvo algunos minutos que brillan por la tregua que suponen, es sólo un monumento, bastante caro, a la inanidad.


22
ago 11

Cómo hacerle el amor a una mujer (explicado en 5 puntos)

1. Las mujeres no quieren experimentos. Aunque sea la primera vez que te acuestas con una mujer determinada y aunque esa mujer sea capaz de perdonar, tolerar e incluso apreciar algunos de tus deslices -por aquello de no haberlos planificado-, siempre esperará que te comportes y que lo hagas del modo en que ella desea que te comportes. Si haces algo mal será porque no habrás entendido pero, si el error no ha sido demasiado grave, insistirán para que lo entiendas.

2. Las mujeres exigen delicadeza. Eso no significa que pretendan demasiados miramientos y mucho menos que deseen blandura. Ellas quieren que te sientas seguro, que seas consistente e, incluso, que te muestres dominante en lo que haces… Pero la seguridad, la consistencia y el dominio deberán ejercerse conjuntamente, equilibrándose, de modo que la seguridad no derive en suficiencia, que la consistencia no se traduzca en brusquedad y que el dominio no se transforme en presunción. Si encuentras el equilibrio lo habrás encontrado todo.

3. No les pidas guarradas. Si ellas quieren hacerlas ya las harán pero pedírselo es un modo bastante fiable de asegurarse de que no las hagan. No se enfadarán si se lo pides –y puede que incluso encuentren algún sustitutivo para que no te pese el rechazo- pero, en cualquier caso, lo considerarán un claro error de apreciación.

4. A las mujeres les gusta sentirse valoradas. Eso exige un alto grado de conciencia en lo que estás haciendo, un reconocimiento evidente de la repercusión de tus acciones y una valoración inmediata de su integridad en cada una de sus partes. En resumidas cuentas: no puedes hacerle el amor a una mujer como si se lo estuvieses haciendo a cualquier otra.

5. Arriésgate con ellas. Siempre apreciarán más tus intentos que tu dejadez. Si quieres hacerles algo házselo –teniendo en cuenta, por supuesto, todos los puntos anteriores- pero no les preguntes previamente si puedes hacérselo ni les preguntes después si están disfrutando. En el primer caso podrían contestarte que no y en el segundo podrían dejar de disfrutar.


27
ene 11

Bookcrossing

Las etiquetas ayudan a abarcar lo inabarcable. No son intrínsecamente malas pero sí insalvablemente deficientes. De ellas puede sacarse algo positivo pero nunca algo completo. Tarde o temprano, se niegan entre sí: los hay pesimistas ilusionados y optimistas indolentes. Las etiquetas nunca definen del todo porque no hay nada perpetuamente definido. La belleza de hoy es podredumbre mañana y todo es polvo, sí, pero hay polvos y polvos. El ritualismo, por ejemplo. Hay personas que adoran los rituales al margen de lo que se ritualice y nada menos raro que un ateo participando en una procesión de Semana Santa.

El ritual del bookcrossing consiste en dejar libros que has leído en espacios públicos para que sean leídos por otras personas y dejados y leídos por otras personas y dejados y leídos, etc. Es decir, como una biblioteca modesta, itinerante y con escasas garantías higiénicas. Pero no es la potencial suciedad lo que me separa del bookcrossing (o becé, según la jerga del invento). No. Mis razones son mucho más precisas. En la entrañable unidad que se forma entre el prestador, el préstamo y el prestatario, el bookcrossing sólo conserva el objeto y elimina el factor humano. En la ecuación únicamente queda el libro: el libro huérfano y flotante, el libro mágico, sagrado, que infunde carácter con el don de su presencia.

Yo desprecio ese libro. Desprecio el libro que dicen que hay que leer para ser listo y ligar con las chicas. Desprecio el libro que dicen que hay que abrir para animarse a apagar la tele. Desprecio el libro que dicen que hay que tratar con cariño y no ensuciarlo ni rayarlo. Nada, nada más absurdo que una campaña de fomento de la lectura. Esas campañas que animan a limpiarse tanto como a ensuciarse, a enriquecerse tanto como a empobrecerse, a disfrutar de Unamuno tanto como a perder el tiempo con Sabino Arana. (Sé que alguien me advertirá de que leyendo a Sabino Arana se aprende mucho… Vale, pero ¿no sería mejor que todos lo olvidásemos y ya para siempre?)

Cuando se presta un libro lo de menos es el libro. Importa mucho más la intención con que se presta y la ilusión con que se acepta. Importan mucho más las palabras que quedan en el aire, mucho más los sonidos que se comparten que el instrumento inerte que los provoca. Nada aporta la ausencia, salvo un placer de tentar al destino idéntico al que puede obtenerse entrando en una biblioteca. ¿Cuánto cuesta un libro? ¿Y cuánto vale que te lo den? Pues eso, caraqueso.