Monólogos


13
oct 11

Los aires del agua

No me llevo bien con el agua con gas. Sé que es extraño no llevarse bien con una bebida, pero es que no soporto sus aires de superioridad. El agua con gas es algo así como la hermana snob de la gaseosa. La típica hermana estirada y finolis. Las marcas, por ejemplo: mientras que la gaseosa tiene nombres tan campechanos como La Casera o Gaseosa Revoltosa (Gaseosa Revoltosa, ¡qué gran poeta el que la inventó!), al agua con gas parece que haya que llamarla con retintín: Vichy, Perrier… Así con la boca chiquitita y el culo apretao. Con nombres así es normal que tenga las compañías que tiene. En el supermercado el agua con gas nunca estará junto a la Coca-cola o la Fanta, ni siquiera junto a la gaseosa… No, señor. La muy perra (de Perrier, no de perro) con quien se junta es con los zumos, con los vinos y el champagne. Con la aristocracia de las bebidas.

Luego están los eslóganes. Tú lees los eslóganes de las gaseosas y como que te dan buen rollo. Por ejemplo: LA CASERA, EL REFRESCO MEDITERRÁNEO. No es que sea la leche pero con lo del Mediterráneo ya se te vienen a la mente el verano, la playita, los chiringuitos, las chicas en bikini… Pero, ¿y los eslóganes del agua con gas? Atención, que lo he buscado en internet: VICHY CATALÁN. EL AGUA ES EL NEXO DE UNIÓN ENTRE LA NATURALEZA Y LAS PERSONAS. ¡Qué plasta! Con varios eslóganes así Claudio Coelho te hace un libro. Tú escuchas “VICHY CATALÁN. EL AGUA ES EL NEXO DE UNIÓN ENTRE LA NATURALEZA Y LAS PERSONAS” y el verano, la playa, los chiringuitos y las chicas en bikini desaparecen en un plisplás de tu imaginación. Como mucho puedes llegar a imaginarte una piscina con Eduard Punset bañándose en bolas.

Porque esa es otra. ¿Por qué en los anuncios de gaseosa siempre salen chiringuitos y en los de agua con gas siempre salen balnearios? ¿Alguien va a los balnearios para tomar agua con gas? “Sí, quería un baño de lodo, un masaje tailandés y una botella de Perrier”. ¡Eso no se lo cree nadie! Pero mira, parece ser que el agua con gas sí que se lo cree y tal vez por eso no la venden ni en las máquinas expendedoras, ni en las neveritas del supermercado, ni en los cines… La niña no quiere juntarse con la chusma. Por eso cae tan mal y por eso mismo no la soporto. Bueno, por eso y también porque no me gusta. Si fuese pija pero al menos estuviese buena no me importaría… Pero ser pija y no estar buena es lo peor de lo peor de lo peor.


6
sep 11

El viento: cuestión de movimiento

¿Para qué sirve el viento? ¿Para navegar? No, porque los barcos van a motor. ¿Para volar? No, porque los aviones van a motor. ¿Para mover las aspas de los molinos y hacer el pan? No, porque el pan se hace a motor. Conclusión: el progreso ha hecho que el viento no sirva para nada. Bueno, para dos cosas sí que sirve: para llevarse a María Sarmiento y para poder meternos con las orejas de los demás.

El resto son inconvenientes. Por ejemplo: el viento hace que los paraguas se vuelvan del revés. Cuando a una persona se le vuelve el paraguas del revés, por mucho que llueva, por mucho que se moje, jamás de los jamases seguirá utilizándolo como si nada. Por algún extraño proceso mental los humanos hemos llegado a la conclusión de que un paraguas que se ha vuelto del revés es algo ridículo. ¡Nos entra la locura! Y sin embargo yo a los paraguas vueltos del revés los veo muy prácticos. Si tienes unos brazos fuertes y habilidad de equilibrista, puedes acumular el agua de lluvia allí dentro y al llegar a casa darte un baño.

Dicen que el viento está provocado por la presión. Pero no puede ser. Si eso fuera verdad, si la presión fuera la causante del viento, en el escote de Carmen Alcayde se formaría un huracán de tres pares de narices. Aunque, pensándolo bien, quizá por eso dejaron de emitir “Aquí hay tomate”. La magnitud del huracán debe haber sido tal que se habrá llevado al plató, a Carmen, a sus tetas y a Jorge Javier directamente hasta el reino de Oz. Y es muy probable que en este momento los dos estén ligando con el mago. ¡Qué fuerte, qué fuerte!

El viento se puede dividir en tres categorías dependiendo de su intensidad: 1. La brisa, que es aquella intensidad que consigue despeinar a Iñaki Anasagasti. 2. El aire, que es la intensidad necesaria para disipar un cuesco. 3. El viento propiamente dicho, que es cuando empezamos a jugar con los escupitajos.

La intensidad del viento propiamente dicho se puede medir a través de los escupitajos. Si nos ponemos a favor del viento, la intensidad vendrá dada por la distancia que sea capaz de recorrer el escupitajo. Por ejemplo: si escupes y tu escupitajo te pega en la nuca, significa que la intensidad es máxima. Por otra parte, si nos damos la vuelta y nos ponemos contra el viento, la intensidad podrá descubrirse según la distancia que retroceda el escupitajo. Por ejemplo: si escupes y tu escupitajo te da en la cara significa que la intensidad es máxima… Y que eres gilipollas.

El viento ha sido desde siempre un medio de transporte muy demandado: lo utilizan los virus, los granos de polen, las pelusillas y las promesas electorales. La diferencia es que mientras que el viento nos trae los virus para que enfermemos, los granos de polen para que pillemos alergias y las pelusillas para que estornudemos, a las promesas se las lleva el viento para cabrearnos. Total, que la cuestión es joder. ¡Puto viento! Perdón, pero es que si no lo digo reviento.


10
may 11

Perder la gracia (Monólogo)

Fija-tí, Viiiinga, Quérposo, Digameló… ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Que no soy gracioso? Bueno, eso también. Pero lo que quiero demostrar es que hubo un momento desgraciado, un instante antimágico, en el que Martes y Trece dejaron de tener gracia. ¿Y qué sucedió entonces? Que nos acometió el hastío y la zozobra. Las familias se truncaron, los vídeos dejaron de grabar y el mensaje del rey perdió casi toda su audiencia. Desde entonces sólo quedaron los que disfrutaban experimentando con el mando a distancia… Y ahora ya ni eso. Con el TDT y esas décimas de más que tarda en cambiarse el canal, el mensaje del rey ha perdido su encanto. De seguir así las cosas, dentro de nada ni siquiera nos reiremos de cuando le cambian la cámara. Que el pobre (es un decir) siempre va desacompasado.

Lo de perder gracia no tiene ninguna gracia. Les pasa a los niños cuando crecen, a Nuria Roca cuando se hace mayor y hasta a la nieve le pasa. Que al principio todo son fiestas y risas y venga a lanzar bolas y a hacer ángeles… Pero a los tres meses de crudo invierno y de penurias matinales en la ducha, bien que pagarías por un poco de calor. No me imagino a los niños de Siberia haciendo muñecos de nieve, ni al pequeño Viacheslav riéndose porque el pequeño Sergei le ha lanzado una bola. Más bien me imagino al padre de Viacheslav apuntando al pequeño Sergei con una kalashnikov.

En Siberia debe de hacer un frío de cojones. Fijaos si debe de hacer frío que a la gente la deportaban allí, que debe ser como mandar a la pared castigado pero siendo la pared el fondo de la nevera. En el fondo de la nevera conviven los condenados, los elegidos y los olvidados. Los condenados, como los danones de coco del pack de doce. Los elegidos, como los botes de cerveza de antes de un partido. Y los olvidados, como ese plátano que ha sido separado del grupo y que tiene una raja que se está endureciendo y llenándose de moho. El plátano es una fruta paradójica: cuanto más se aleja del sol más moreno se pone. Una semana en el fondo de la nevera y un plátano se puede transformar en la polla de Makelele.

Una fruta que debería estar condenada al fondo de la nevera y que, sin embargo, la ubicamos privilegiadamente en la puerta, son los medios limones. Que, además, siempre nos sorprendemos de lo bien que caben en la huevera. Pones allí el medio limón, lo miras y piensas: “Joder, yo debería de haber sido ingeniero.” El caso es que una vez colocado allí, compartiendo espacio con huevos y salsas, con todo a favor para triunfar, ese medio limón ya no lo toca nadie. Y eso le lleva a convertirse en otra fruta paradójica: cuanto menos se la toca más dura se pone.

Hablando de Makelele, Siberia tiene una extensión formidable: más de 13 millones de kilómetros cuadrados. que vienen a ser como 130.000 campos de fútbol. Yo propondría al campo de fútbol como unidad métrica nacional. Es decir tantos campos de fútbol y ya todo el mundo lo entiende. Sin embargo, tú le dices a un esquimal que Siberia tiene una extensión de 130.000 campos de fútbol y se queda igual que estaba. Pequeñito y alelao. La unidad que utilizan los esquimales son los iglús. Eso mide tantos iglús. Los iglús tienen una superficie media de unos 35 metros cuadrados que, para que me entendáis, es lo que viene a ser un tercio del área pequeña de un campo de fútbol.

Tenemos una imagen muy igualitarista de la sociedad esquimal. Es tal que así. Tú le preguntas a cualquier persona “¿Qué opina usted de la sociedad esquimal?” y te dirá “Pues tengo una imagen muy igualitarista de ella.” Todos los iglús miden más o menos lo mismo y no se conocen ni chabolas iglú ni mansiones iglú. Que debe ser porque allí los especuladores inmobiliarios de iglús no tienen espacio para colgar los Picasso ni para poner los animales disecados. Ellos son más apañaos y como el Mamut no les cabe lo meten bajo el hielo.

Aquí en España no tenemos ninguna Siberia para poder deportar a la gente. Lo más parecido sería mandarles a Sevilla o a Murcia en pleno agosto a pasar calor, pero no creo que la cosa resultara. Los bares se llenarían de indeseables ociosos y cocidos a base de cerveza, vino y sangría… Pero eso, claro, no se lo imagina nadie.


3
abr 11

Tiendas naturales (Monólogo)

Habitualmente las palabras se refieren a lo que designan. Por ejemplo: un establecimiento en cuya entrada existe un cartel que dice “Inmobiliaria” hace suponer que allí venden pisos. Del mismo modo, observar un local lleno de lápidas, con cajas de medio metro cuadrado y gente llorando por todas partes, permite deducir que fuera del mismo habrá un cartel que diga: “Inmobiliaria”. En principio las palabras sirven para eso, para que nos entendamos. Pero no siempre es así. A menudo sucede que bajo unos nombres concretos se ocultan realidades bien distintas de las que prometen, como por ejemplo “Naciones Unidas”, que es una organización a la que se podía haber llamado Naciones Peleadas, Naciones Inservibles, Naciones Aburridas… Pero, ¿Unidas? Jamás.

Otro ejemplo de cosas que no son lo que dicen ser son las llamadas tiendas de artículos de la naturaleza. Hoy he visitado una de éstas para informarme sobre lo que venden y la visita ha corroborado mis peores presagios. Los dueños no se andan por las ramas y ya puestos a degenerar el término “naturaleza” te plantan, para empezar, un oso disecado en la puerta de la tienda. La primera en la frente. ¿A quién se le ocurre poner algo así en una tienda destinada -en teoría- a los amantes de la naturaleza? Es como si en la pared de un centro de cirugía estética pusieran un póster de Jack el Destripador.

Superado el susto inicial penetro en la tienda y ¿qué veo? ¿Plantas y animales? ¿Rocas y musgos? ¡Ni hablar! Velas e incienso. Velas hay de todas las formas, tamaños y colores: redondeadas, pequeñas y negras; angulosas, grandes y amarillas; retorcidas grandes y azules… Incluso las hay con forma y color de pene pero no precisamente a tamaño natural. Allí de natural ni siquiera eso. Y luego está el incienso… Pero, ¿cómo van a vender plantas y animales si allí no se puede ni respirar? Una tienda de artículos de la naturaleza debería ofrecer, al menos, aire limpio. Pues nada: un olor a espeso, una densidad ambiental… ¡Horrible! Pero se ve que a la gente le gusta y allí tienen una estantería repleta de cajitas de incienso que, por cierto, además de feas son carísimas. Seguro que muchos ecologistas para ahorrar dinero se chutan directamente quemando los bosques.

Toda tienda de la naturaleza cuenta con una sección new-age: campanas, cencerros, Budas de metal, pequeños surtidores de agua azul, bolas de topacio dando vueltas sin parar a una fuente con luz de neón… Objetos útiles al 100% ideales para regalar a aquellas personas a las que odias. Ni un mísero cactus hay en la tienda… Ahora, lo que es ropa toda la que quieras y, además, estampada con motivos naturales para que te sientas integrado con la madre Tierra: ponchos con estrellas, jerséis con ciervos, sudaderas con copos de nieve, pantalones con florecillas… ¡Y todo con el inconfundible olor a incienso! ¿Qué más se puede desear?

Pues sí, hay algo más: los CDs de “música de la naturaleza”. ¿A quién no le relajan los lobos esteparios aullando en la noche? ¿Quién no se siente en armonía con la naturaleza mientras percibe los sonidos de la ciénaga tropical? ¿Quién no goza del placer extra-sensorial que proporciona el reclamo del petirrojo común?

A pesar de todos los sinsabores al final se disfruta de la visita y, al salir de la tienda, se ve el mundo con otros ojos, con una mente distinta. El aire del exterior parece mecernos entre sus brisas y el sonido del tráfico nos recuerda al armonioso bramido de los rinocerontes en celo. La explicación a tanta alucinación es sencilla: vamos hasta el culo de incienso. Naturalmente.


14
mar 11

Puntos a tratar (Monólogo)

Los puntos supusieron un antes y un después para la Humanidad, lo que se llama un punto de inflexión. Por ejemplo, si se derrumbó la Torre de Babel no fue porque cada uno hablara en una lengua distinta, sino porque como todavía no se habían inventado los puntos nadie podía acabar una frase. Y, claro, todos hablaban a la vez y sin parar como en el Congreso de los Diputados. Pensándolo bien, lo raro es que la torre no se derrumbase antes.

Unos años más tarde, 6.524 si hay que ser puntillosos, se inventó el punto y, con él, llegaron todas sus peculiaridades. Quizá la más curiosa de todas es que dependiendo de las veces que lo pongas significa una cosa. Si pones un punto significa que no quieres añadir nada más. Si pones dos puntos significa que vas a decir algo. Y si pones tres puntos significa que podrías decir muchas cosas… Pero que te las vas a callar. A estos últimos puntos se les llama “puntos suspensivos” por a su afición a las pelis de Hitchcock.

Otro punto aficionado al cine es el punto crítico. Es el Antonio Gasset de los puntos y lo sacan cuando las cosas se ponen feas. ¿Qué los datos de audiencia han llegado a una situación límite? Pues sacan al punto crítico y éste empieza a despotricar contra las películas que van sobre puntos como “Todo sobre mi punto”, “Puntos pero no revueltos” o “Los puntos de Madison”, que es una peli muy apreciada entre los puntos hembra.

Los puntos están en boca de todos. Si uno quiere dejar las cosas claras dice que va a poner “los puntos sobre las íes”, si uno quiere acabar con una relación dice que “hay que ponerle el punto final” y si uno no sabe qué hacer con su vida dice que “ha llegado a un punto muerto”. Y yo me pregunto: si un punto muere y se desinfla, ¿acaba siendo un guión?

Hablando de “poner los puntos sobre las íes” hay que decir que ésa es una expresión falsa ya que una “i” sin punto no es una “i” sino un uno pequeño. Que quede claro. Las íes (y también las jotas, pobrecillas, que sólo se acuerdan de ellas en Aragón), las íes y las jotas sólo pierden el punto cuando se hacen mayores y pasan a ser mayúsculas. Todo lo contrario es lo que le pasa a Marta Sánchez, que cuanto más mayor se hace más puntos gana.

Uno de los puntos más odiados en el universo de los puntos es el “punto pelota”, que es el que lleva manzanas a la profesora y se chiva de sus compañeros.

-¿Quién ha tirado esos papeles, Punto pelota?
-Han sido Punto de cruz y Punto de lectura, seño.

Un punto de lectura, por si alguien desconoce el dato, es ese cartoncito que se usa para señalar la página de un libro. Eso en la teoría, porque en la práctica la gente no lo utiliza para los libros sino para rascarse en sus ratos libres. Es una cuestión de matiz.

Lo que no es de matiz es la cuestión del racismo que existe en el mundo de los puntos. Por ejemplo, si en un sitio se producen muchos accidentes a ese sitio no se le llama “sitio en donde se producen muchos accidentes” sino que es un “punto negro”. ¡Punto negro! ¡Qué vergüenza! Y, vamos a ver, si los puntos negros son puntos críticos en donde se producen muchos accidentes, ¿no será hora de salir de este punto muerto y ponerles punto y final? No juzguemos a los puntos por su color. Los puntos son puntos sean negros, blancos o verdes. ¡Y punto en boca!


17
feb 11

Pelotillas (un monólogo)

Desde los tiempos de Demócrito se considera que el mundo está formado por átomos, partículas minúsculas, infinitesimales, tan complicadas de por sí que la humanidad no ha encontrado en siglos manera más exacta de representarlas que uniendo aceitunas con palillos de madera. El agua, por ejemplo, estaría formada por una aceituna negra conectada con dos aceitunas verdes. Los neutrones estarían representados por el relleno de anchoa.

Si nos paramos a pensar, caeremos en la cuenta de que todos hemos sido químicos alguna vez. Fundamentalmente a la hora de los postres. Con aceitunas y palillos hemos reproducido átomos, con caramelos y Coca-Cola hemos provocado reacciones efervescentes y con pan y la cara de alguien hemos desencadenado procesos explosivos con un mismo resultado final: la violencia materna.

Lo de que el mundo está formado por átomos me cuesta creerlo. La experiencia me dice que cuando he tratado de profundizar en el interior de las cosas, cuando he rascado en su superficie con el objetivo de desvelar sus entrañas, lo que ha resultado de ello no han sido átomos sino pelotillas. A mí modo de ver el mundo está formado por pelotillas. Frotes lo que frotes (sea piel, plástico o titanio) aparecen las pelotillas. No las veíamos, pero estaban ahí. Siempre han estado ahí. Las pelotillas son los Felipe González y los José María Aznar del mundo microscópico. Aunque parezca que se hayan ido, siempre vuelven.

La pelotilla es la menor expresión de la roña, su mínimo común múltiplo. Cuando empieza a acumularse (y es de las pocas cosas que se acumulan por dejadez) la roña es capaz de adoptar otras formas: cubos, conos, pirámides… Y hasta la estatua de la libertad, si nos lo proponemos. La roña es un material muy voluble y no como el moco seco, mucho más sólido y especializado.

La pelotilla, ya sea de roña, de moco o de cualquier material maleable, puede definirse como la partícula que se ha amasado hasta adquirir el diámetro suficiente para colocarse en el extremo de un dedo y poder ser lanzada con la uña de otro. Existen dos variedades de lanzamiento: el lanzamiento a una mano, cuya finalidad suele ser la de desembarazarse sin más de la pelotilla, y el lanzamiento a dos manos, cuya finalidad suele ser la de llegar lo más lejos posible. Según los estudios más recientes, esta última variedad está particularmente extendida entre el sexo masculino. Tal es su éxito que se ha llegado incluso hasta la organización de competiciones. De hecho, existe un triatlón alternativo formado por el lanzamiento de pelotillas, el lanzamiento de escupitajos y el a ver quién mea más lejos. Incluidas las pelotillas, los hombres lo transformamos todo en una cuestión de huevos.

Las pelotillas son una parte esencial de todos nosotros. Las pelotillas nos forman, cubren nuestra piel y acarician nuestra alma. Nosotros mismos somos las pelotillas del planeta Tierra y el planeta Tierra una pelotilla azul situada en un lejano confín inexpugnable del cuerpo infinito de Dios.