Meollo’s


25
feb 11

Balada triste sin trompeta

Apelamos al destino continuamente y sin darnos cuenta. Vamos detrás de un sentido, de una razón que no entienda de tiempos y en la que se combinen recuerdos y esperanzas. Con los ojos cerrados y el dedo índice de la mano derecha siguiendo el perfil ondulado de los libros, he elegido uno al azar, como si el azar pudiera ofrecerme las palabras que necesito y que jamás encontraría a la luz -hecha sombra- del entendimiento. La comodidad de la superstición. El “Tolle, lege” de San Agustín tenía, al menos, el calzador de la búsqueda y ya se sabe que uno siempre acaba vislumbrando las señales que se ha empeñado en encontrar. Si es de noche, en las estrellas. Si es la hora del café, en los posos. La complicación surge al exigir respuestas para una pregunta que jamás se ha formulado.

La estantería de casa de mis abuelos está llena de libros de escritores del siglo XX: Hemingway, Faulkner, Hesse, Mann, Capote, Greene, Nabokov, Vargas Llosa… Y así hasta un centenar o centenar y medio de libros. Si no estoy mal informado, la colección pertenece a mi tía aunque, por el sonido que hacen los ejemplares y por el olor que desprenden, se diría que tampoco la ha usado con frecuencia. Yo recuerdo haber empezado mucho y terminado poco. Entre lo poco me suenan El viejo y el mar, Nuestro hombre en La Habana o El Aleph además de algunos poemas turbios de la generación del 27.

El recorrido a ciegas por la fila de tomos me ha llevado hasta La balada del café triste, de Carson McCullers (1917-1967). De sus primeras páginas me he quedado con el efecto revelador de un whisky casero:

La bebida de Miss Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de Miss Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. (…) Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.


14
ene 11

El Meollo

Un usuario anónimo me ha pedido que me presente y no soy quién para negarme a lo que me pida alguien que bien podría ser el rey de Angola o Angelina Jolie. Además, no está bien entrar en casa ajena sin presentarse, aunque sea como violador.

Soy un hombre sencillo. No entiendo de música, me gusta comer en sitios donde hay que pagar antes de sentarse y envidiaría la vida de las vacas de no ser por internet, los libros y algunas mujeres, no necesariamente en este orden. También opino que en el gremio de los autobuseros hay mucha buena gente pero también mucho gilipollas.

A. I. Meollo es un nombre, uno de tantos. Mi intención es buscarle la sustancia a las cosas de la vida o mear fuera de tiesto cuando el tiesto no dé para más. Quiero escribir sobre cosas que se puedan ver, oler, gustar y palpar (ya os he dicho que no entiendo de música) y cuando mi vida me rapte los sentidos y, con ellos, los placeres, quizá me dé por reflexiones vacuas como sustitutivo del chocolate. Ya lo dice la máxima latina: Primum vivere deinde philosophari. Trataré de evitar los philosophari siempre que pueda.

Beatriz llevó a Dante por los ciclos del infierno y a mí la Go! me servirá de guía por el mundo. Vivir para contarla: si tengo que comer en un restaurante para escribir sobre él, comeré y escribiré; y lo mismo sobre libros, exposiciones de arte, obras de teatro, películas de cine y tantas otras cosas que el mundo ha creado para enriquecernos. Espero que mi “sacrificio” os sea agradable.

Bienvenidos.