Apelamos al destino continuamente y sin darnos cuenta. Vamos detrás de un sentido, de una razón que no entienda de tiempos y en la que se combinen recuerdos y esperanzas. Con los ojos cerrados y el dedo índice de la mano derecha siguiendo el perfil ondulado de los libros, he elegido uno al azar, como si el azar pudiera ofrecerme las palabras que necesito y que jamás encontraría a la luz -hecha sombra- del entendimiento. La comodidad de la superstición. El “Tolle, lege” de San Agustín tenía, al menos, el calzador de la búsqueda y ya se sabe que uno siempre acaba vislumbrando las señales que se ha empeñado en encontrar. Si es de noche, en las estrellas. Si es la hora del café, en los posos. La complicación surge al exigir respuestas para una pregunta que jamás se ha formulado.
La estantería de casa de mis abuelos está llena de libros de escritores del siglo XX: Hemingway, Faulkner, Hesse, Mann, Capote, Greene, Nabokov, Vargas Llosa… Y así hasta un centenar o centenar y medio de libros. Si no estoy mal informado, la colección pertenece a mi tía aunque, por el sonido que hacen los ejemplares y por el olor que desprenden, se diría que tampoco la ha usado con frecuencia. Yo recuerdo haber empezado mucho y terminado poco. Entre lo poco me suenan El viejo y el mar, Nuestro hombre en La Habana o El Aleph además de algunos poemas turbios de la generación del 27.
El recorrido a ciegas por la fila de tomos me ha llevado hasta La balada del café triste, de Carson McCullers (1917-1967). De sus primeras páginas me he quedado con el efecto revelador de un whisky casero:
La bebida de Miss Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de Miss Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. (…) Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.
