La principal carencia de Ejército enemigo, la última novela de Alberto Olmos, es el exceso de Alberto Olmos, la omnipresencia extenuante de su autor. Sin llegar a los extremos de Sánchez-Dragó -irreversible personaje literario de sus ficciones- Olmos se muestra reiteradamente en cada una de sus páginas. Páginas y páginas formadas, y sólo formadas por las inquietudes de Olmos, por las obsesiones de Olmos, por los fracasos de Olmos, por tics de Olmos: el asco del mundo, la reacción ante las falsas seguridades, la denuncia de la hipocresías pactadas, el refugio de la pornografía, la incoherencia del yo … También su estilo -en apariencia descuidado, intuitivo y como hecho de improviso- contiene una autodefinición de lo que es Olmos: un contrasistema. Todo esto es él, todo esto es Olmos, y este Olmos fagocita el resto de invidualitats, nunca sólidas, nunca creíbles, de su historia de un solo personaje. Poco más tiene que contar Olmos a excepción de contarse. En las primeras páginas, cuando el argumento no le obliga aún a la ficción estricta, el autor muestra la que es, a mi entender, su principal virtud: su gusto obsesivo por la observación directa y la exhibición pornográfica los detalles. Después el libro, la excusa editorial de su trama, lo conduce a una interminable recreación de estos detalles y, de ahí, a la poco interesante recreación de sí mismo, en la redundancia con fines puramente onanistas. El remate del libro muestra así toda la huella de un intento frustrado de eyaculación: el autor quiere acabar, finalizarse, pero no encuentra ninguna manera digna de hacerlo más que con una insistencia poco inspirada y, en definitiva , escasamente productiva. Tres gotitas de nada.
Literatura
10
ago 11
Memorias de un periodista
En 1974, tras su salida por motivos editoriales del Corriere della sera, Indro Montanelli consiguió fundar Il Giornale, un periódico con vocación lombarda que pretendió conectar con la burguesía silenciada y desplazada por el comunismo. El periodista, ya sexagenario, estaba en el punto de mira del PCI y de las Brigadas Rojas, en parte por su pasado fascista y en parte por su pasado antifascista renuente a la “solución” rusa. Tanto es así que en 1977 le dispararon cuatro tiros que le alcanzaron en las piernas. Lo peor de todo, sin embargo, fue el recochineo de sus antiguos compañeros y entonces sólo camaradas. El Corriere della sera, periódico en el que había trabajado durante treinta años, informó del atentado en un breve que ni siquiera tuvo la deferencia de nombrar a la víctima: “Un giornalista è stato colpito…” Un año antes de aquella infamia, al salir una tarde de las oficinas de Il Giornale en la Piazza Cavour, Montanelli se encontró, como de costumbre, con un gentío plagado de banderas rojas. Uno de tantos le reconoció a lo lejos y se lo señaló a la marabunta: “¡Aquél es el Montanelli!”. Unas cincuenta personas se abalanzaron entonces sobre él y le levantaron en hombros. “Eran los forofos del Torino -explica en Memorias de un periodista- que aquel día había ganado la liga, y las banderas no eran rojas sino granate. Dado que los cronistas deportivos de Il Giornale siempre habían sido favorables al Torino, me aclamaban como a uno de sus ídolos.”
Indro Montanelli.
Memorias de un periodista.
RBA (2010). 271 pp.
22
mar 11
El Club Pickwick

Los papeles póstumos del Club Pickwick es una novela que no recomendaría a nadie. No porque sea aburrida (que no lo es) o antigua (que tampoco, a pesar de sus doscientos años). No la recomendaría porque el libro, como soporte físico, no le sienta nada bien. El medio natural de esta obra son los periódicos, su ámbito las cafeterías decimonónicas y su público los ociosos que las frecuentaban. Para ociosos, cafeterías y periódicos la ideó Dickens y Chapman and Hall, sus editores. El libro, con su aspiración de continuidad, encorseta un cuerpo que se resiste a ser encorsetado. Teniendo en cuenta que las entregas periodísticas se libraban quincenal o mensualmente, Dickens podía contar con el olvido de sus lectores y, por tanto, no le preocupaba la unidad del conjunto. Ni siquiera el conjunto como tal. Esta, en consecuencia, es una novela de hallazgos puntuales: un personaje pintoresco, una situación sorprendente, una paradoja singular. ¿Y de qué va? Pues de nada y de muchas cosas a la vez. Muchos han comparado esta novela con El Quijote y algo de eso tiene: la Inglaterra del XIX sustituye a La Mancha del XVI y a falta de hidalgos y escuderos las aventuras las protagonizan un gentleman y su criado. Las mil páginas de este libro se hacen largas pero en cada página siempre habita alguna breve (y a veces profunda) satisfacción.
25
feb 11
Balada triste sin trompeta
Apelamos al destino continuamente y sin darnos cuenta. Vamos detrás de un sentido, de una razón que no entienda de tiempos y en la que se combinen recuerdos y esperanzas. Con los ojos cerrados y el dedo índice de la mano derecha siguiendo el perfil ondulado de los libros, he elegido uno al azar, como si el azar pudiera ofrecerme las palabras que necesito y que jamás encontraría a la luz -hecha sombra- del entendimiento. La comodidad de la superstición. El “Tolle, lege” de San Agustín tenía, al menos, el calzador de la búsqueda y ya se sabe que uno siempre acaba vislumbrando las señales que se ha empeñado en encontrar. Si es de noche, en las estrellas. Si es la hora del café, en los posos. La complicación surge al exigir respuestas para una pregunta que jamás se ha formulado.
La estantería de casa de mis abuelos está llena de libros de escritores del siglo XX: Hemingway, Faulkner, Hesse, Mann, Capote, Greene, Nabokov, Vargas Llosa… Y así hasta un centenar o centenar y medio de libros. Si no estoy mal informado, la colección pertenece a mi tía aunque, por el sonido que hacen los ejemplares y por el olor que desprenden, se diría que tampoco la ha usado con frecuencia. Yo recuerdo haber empezado mucho y terminado poco. Entre lo poco me suenan El viejo y el mar, Nuestro hombre en La Habana o El Aleph además de algunos poemas turbios de la generación del 27.
El recorrido a ciegas por la fila de tomos me ha llevado hasta La balada del café triste, de Carson McCullers (1917-1967). De sus primeras páginas me he quedado con el efecto revelador de un whisky casero:
La bebida de Miss Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de Miss Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. (…) Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.
21
feb 11
Por Laberintos
Los laberintos provocan una misteriosa fascinación. Quien más, quien menos, todos nos sentimos descritos, interpretados o imaginados por sus caminos y por sus recovecos, por sus llenos y por sus vacíos, por su dificultosa y aparentemente inextricable simplicidad. Los hay imperativos, laberintos con una sola entrada y una sola salida, de trayecto único y prefijado en donde la voluntad sólo decide entre obediencia y rendición. También los hay engañadores, laberintos hechos para el ensayo y el error que ofrecen libertad a cambio de tiempo perdido.
Los laberintos nos hablan de dioses, de mitos, de escritura, de memoria… En ellos se perdieron héroes, reyes y poetas como hormigas perdidas en su hormiguero: Teseo en Minos, Luis XIV en Versalles o Borges en las bibliotecas infinitas de sus versos.
Hechos de piedra, de plantas, de tinta, de cemento, de cristal, los laberintos no sirven para llegar sino para transitar en ellos, no para encontrar sino para que nos encuentren. Por eso se parecen tanto a Dios, por eso los arquitectos de las catedrales de Chartes, Reims y Amiens los incluyeron en sus construcciones y por eso los peregrinos saben que en el destino no acaba su peregrinaje.
Del mismo modo que podemos recorrer las letras de un texto con el dedo sin saber por qué conceptos nos movemos, el laberinto ofrece un artificio que puede ser todo o no ser nada, tanto filosofía como decoración. Una vez dentro, no hay más recompensa que abandonarlo. Una vez fuera, podemos mirar atrás y sabernos invencidos.
El Centro Cultural Bancaja de Valencia acoge la exposición Por laberintos hasta el 29 de mayo. La entrada es gratuita. La salida, incierta.
15
feb 11
Los mundos y los días
Los mundos y los días, de Luis Alberto de Cuenca, comprende gran parte de su poesía (“agrupada, corregida y reelaborada”) desde 1970 hasta 2002. Un total de siete libros: Elsinore (1970), Scholia (1972-1978), Necrofilia (1983), La caja de plata (1979-1986), El hacha y la rosa (1987-1993), Por fuertes y fronteras (1994-1996) y Sin miedo ni esperanza (1996-2002). Los primeros poemas exudan pedantería adolescente, emotiva a su manera, con sus títulos herméticos y su timidez de palabras raras. Aparecen los mejores versos cuando el autor se olvida de pedir disculpas y descarga al lector de ir a buscar el diccionario: “La muchacha ha dejado crecer su cabello con indolencia, como una ondina. En otoño presiente las ardillas del frío y acaricia a su perro con el pie desnudo.” (L. W. J.) O también “Sabes como la crema, como el azúcar, / como un desayuno de Sherlock Holmes.” (What you will.) El erotismo cubre las páginas de principio a fin pero es un erotismo de comic, de película y de libro. Un erotismo de vaqueros, divas y heroínas. Audrey Hepburn interpretando a Lauren Bacall: “Tengo un hambre feroz esta mañana. / Voy a empezar contigo el desayuno.” (El desayuno). Este poemario no es un libro de silencios. Son poemas para esperar la hora fijada para una cita o para leer en voz alta durante las horas altas de esa cita. Luis Alberto de Cuenca debe habérselos leído a todas.
11
feb 11
El último partido
El último partido es una de las más extrañas de John Grisham. Extraña porque no aparecen abogados ni políticos. Extraña porque la CIA y el FBI no están involucrados. Extraña porque no hay tiros ni persecuciones. Extraña, en fin, porque no parece suya.
Esta novela trata de Neely Crenshaw y de Eddie Rake, que podrían ser agentes infiltrados del gobierno pero que sólo fueron una gran estrella de fútbol americano amateur y su mítico entrenador. Fueron, porque ésta es una novela hecha de recuerdos, porque Neely Crenshaw se lesionó de gravedad cuando empezaba a abrirse hueco entre los mejores y porque Eddie Rake, después de entrenar a los Spartans de Messina con mano de hierro durante casi cuarenta años, yace moribundo en su cama. La enfermedad terminal de Rake provoca que muchos antiguos Spartans se reúnan en las gradas de El Campo (rebautizado como Rake Field) para contarse, por enésima vez, las historias más representativas de su paso por el equipo.
Neely Crenshaw, después de quince años alejado de la ciudad y de sus recuerdos, vuelve a encontrarse con sus compañeros y con la gente que le admiró y que aún le sigue admirando.
El último partido es un libro curioso, ameno y que a ratos llega a emocionar, tanto por lo nostálgico como por lo competitivo. Su escaso número de páginas –apenas llega a las 200, con letra grande y espaciada- lo convierte en un entretenimiento apto para un fin de semana y está especialmente recomendado para aquellos que tengan algún tipo de interés por el fútbol americano y su mundo. El resto, mejor probad con otro Grisham.
31
ene 11
Cartes de lluny
Los domingos suelo comprar alguna revista de viajes, cualquiera, dependiendo de los cambiantes destinos que me ofrece la estantería. Mis lugares preferidos son aquellos que están intensamente humanizados -Nueva York, Praga, Roma- o aquellos en los que la naturaleza domina por completo -la Patagonia, la Antártida, Groenlandia-. Cuando la humanidad y la naturaleza conviven en régimen de igualdad la mezcla deviene, inevitablemente, en contaminación.
Con la revista en mi poder, el particular estatismo de los domingos parece quedar contrarrestado por la ilusión de la huida, por el deseo de nuevos descubrimientos y nuevas experiencias, por la imaginación de fascinantes lejanías. La espectacularidad fotográfica y la tentadora maquetación que hoy en día lucen este tipo de publicaciones –y que ahora normalmente incluyen algún tipo de material audiovisual- hacen que, una vez intuidas las emociones, estemos deseando llegar cuanto antes a casa para dejarnos caer en el sillón y emprender la aventura.
Pero entonces sobreviene el desengaño. A las pocas páginas, una vez que nos sumergimos en los grandes reportajes, observamos con pesar cómo a los indudables avances técnicos en materia editorial se les ha unido -para anularlos parcial o totalmente- una prosa privada de emoción, carente de empatía, unas redacciones escritas en blanco y negro o, peor aún, en un gris inalterable y estático como el de los domingos que pretendíamos evitar. El gran problema de los redactores estriba, por lo general, en su miedo al lector, a un lector a quien se tiene por crítico en vez de ofrecerle la confianza del acompañante. Las frases se despueblan de adjetivos y se llenan de “quizás”, de presentes e imperfectos de subjuntivo, de melindres, en fin, que pretenden subrayar la evidencia de que no todos sentimos lo mismo ante las mismas cosas, de que el paisaje no habla a todos por igual.
Cartes de lluny, de Josep Pla, en las páginas gastadas de la vieja edición de Destino (Obres Completes 5, El Nord), ofrece con su escritura personal una contraposición a la notarial escrituración de las revistas actuales. Aquí no hay realidad sin adjetivo. Aquí no hay imagen sin color. En este viaje, compuesto por distintas crónicas realizadas entre 1920 y 1938, el escritor ampurdanés nos acompaña en un trayecto que atraviesa Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega y Suecia, y en cada una de sus paradas nos invita a compartir y a degustar sus experiencias. No las nuestras, no las que quizá podamos alcanzar algún día, sino las que él, reclamando nuestra complicidad, nos ofrece de primera mano: las comidas que le gustan o le disgustan, las costumbres que aprecia o que desprecia, los ambientes que disfruta o que padece. La botella de vino de Borgoña “tocada de la voluptuositat del robí”, la somnolencia “bovina i espessa” de Copenhague, el “progrés sorollós” que en Estocolmo devasta “el misteriós, extàtic silenci antic” de los países del Norte… La lírica descriptiva de Pla, que nos descubre las mil imágenes que palpitan en la intimidad de cada uno de sus nombres.
21
ene 11
Literatura en el Palau
Antes de entrar en la Sala Rodrigo del Palau de la Música de Valencia, donde en pocos minutos iba a tener lugar una conferencia del escritor Santiago Posteguillo, me invitaron a una cerveza en el bar situado bajo la cúpula acristalada del recinto. Mi acompañante, al ver uno de los naranjos que decoran el local, torció su gesto femenino hasta adaptarlo al que requería su misteriosa pero convencida indignación. A mi pregunta de qué ocurría, si había visto algún gusano o adivinado alguna podredumbre, ella señaló una espléndida naranja que refulgía coherentemente entre las verdes hojas y dijo “Plástico”. ¿Plástico? No. Señalándole un poco más allá de lo que su alarma le había permitido, le hice ver que entre los brillantes naranjas y verdes también convivían tonalidades de amarillos, marrones y blancos, colores que delataban la imperfección de un árbol necesariamente real por lo defectuoso.
Santiago Posteguillo -autor de la premiada y reconocida trilogía compuesta por Africanus, Las legiones malditas y La traición de Roma- ofreció al numeroso público congregado en el auditorio una sencilla pero completa reflexión titulada “La resurrección de Roma a través de la novela histórica”. El repaso a las milenarias recreaciones históricas que ha ofrecido la literatura desde el propio Homero y la revisión del auge, decadencia y nuevo auge de la novela histórica en los últimos siglos fueron los temas que sirvieron de introducción a una conferencia que pronto se centró en la Hispania clásica, de la que Posteguillo es un gran enamorado. Como la naranja podrida que descubrió al árbol real, la literatura le ha servido al autor y nos sirve a los lectores para sentir lo vivo entre las ruinas. La ficción, vino a decir Posteguillo, lejos de robar autenticidad al relato histórico, bien puede servir para ofrecer luz a aquellas zonas que el tiempo y el olvido han condenado a las sombras.
El escritor valenciano ha inaugurado así la ronda de conferencias que formarán el ciclo “Literatura en el Palau” de este 2011. La presencia en anteriores años de autores de la talla de Camilo José Cela, Ana María Matute o Mario Vargas Llosa tiene su correlato en esta nueva edición en la que el propio Posteguillo, María Dueñas, Clara Sánchez y Begoña Aranguren darán fe del buen momento de las letras españolas.
Para más información consulta el programa.
20
ene 11
Palabras de invierno en días de primavera
Cuando la pobreza entra a rastras por la puerta, el amor entra volando por la ventana. Hay que cambiar los refranes. Fueron hechos en invierno, y ahora es verano; para mí primavera creo, un verdadero baile de pétalos en cielos azules.
Oscar Wilde: El retrato de Dorian Gray.
Acacia viene de acanto, que en griego quiere decir espina. No hay nada más extravagante a la acusada sensación que dan ahora las acacias que la etimología de su nombre. Es una etimología de invierno, que en estos días de primavera hace un efecto extrañísimo.
Josep Pla: El cuaderno gris.




