Los de mi pueblo son la polla. Si va y ahora no se les ocurre otra cosa que montar unos Moros y cristianos. Se ve que no tenían suficiente con las procesiones de semana santa, las fallas, las romerías, el festival de bandas, las concentraciones de motos, los mercados medievales o los domingos de paella. No. Ahora también se apuntan a Moros y cristianos y además lo están anunciando con una naturalidad que parece que lleven haciendo filaes desde hace tres siglos. Ingenuo de mí. Pensé que ya lo había visto todo una soleada tarde de abril, jueves santo para más señas, cuando desde la ventana de un segundo piso una señora se arrancó por saetas y descargó sus gorgoritos al paso de la virgen. Morena, iba a decir. La capacidad asimilativa de los de mi pueblo no conoce límites. Igual se ponen a construir edificios de quince plantas que a inventarse fiestas municipales. Ahora sólo falta instaurar unos sanfermines como Dios manda. Y la señora alcaldesa o el señor cura tirando el chupinazo. No sé a qué vendrán tantos excesos. Me pregunto si esto no será como lo de ponerse a chupar suelas tras haber perdido el gusto por los pezones. Todo es posible. Y digo yo que, ya en plan de hacer extravagancias, podrían juntarlo todo y cumplir aquella fantasía hollywoodiense de quemar las figuras de los santos al compás de un pasodoble. Tiempo al tiempo. Como decía aquella campaña publicitaria: Impossible is nothing.
Gente
21
sep 11
Mujeres
1. Las mujeres que no están acostumbradas a correr son un espectáculo cuando algo las obliga. Levantan la cabeza, estiran la espalda, pegan los brazos a la cintura, juntan los muslos, arrastran los pies… En conjunto, parece como si avanzasen en contra de su voluntad. Como si quisieran llegar a alguna parte y a la vez pretendiesen quedarse en el mismo sitio.
2. Empecé a valorar mucho más a las mujeres cuando descubrí que nada de lo que llevaban encima era fruto del azar. Ni una sola cinta. Ni un solo bordado. Una mujer que se precie sabrá siempre dónde está y dónde no está cada centímetro de sus telas.
3. Hombres y mujeres normalmente no reaccionan de la misma manera ante una pintura. Para valorar un cuadro, las mujeres suelen recurrir a una estrategia simple y eficaz: se lo imaginan en algún lugar de su casa y, a partir del resultado obtenido, sentencian si lo ven o si no lo ven. El hecho pictórico queda así circunscrito al ámbito de las artes decorativas, en su sentido más práctico y positivo. Los hombres suelen basarse en criterios más imprecisos y la reacción que muestran ante una obra de arte tiene que ver más con el impacto emocional, físico, del momento que con la proyección espacial y temporal de dicha sensación. Y así con todo.
4. Los paraguas nos distinguen a hombres y mujeres. La relación de un hombre con un paraguas no es la misma que la de una mujer con su paraguas. Para un hombre el paraguas es un objeto incómodo, un trasto que estorba, útil porque no queda más remedio. Para una mujer la lluvia es una espléndida oportunidad, una ocasión caída del cielo, para exhibir las nuevas tendencias de la temporada.
5. El frío tiene la ventaja de realzar la belleza de las mujeres bellas y de disimular, hasta hacerla tolerable, la fealdad de las que no lo son. El abrigo que proporcionan los abrigos, gorros o bufandas evita la dispersión social y concentra el ánimo en determinados puntos del cuerpo femenino haciendo visible -o, incluso, creando- la personalidad que se tiene o de la que se carece por completo.
6. No creo que las mujeres sean más complicadas que los hombres. Si existe alguna diferencia será como la que hay entre las ecuaciones de primer y segundo grado. Unas se resuelven utilizando la aritmética y las otras con una fórmula mágica surgida de aquélla aunque no lo parezca.
7. Las mujeres soportan mejor los aplazamientos que los hombres. De ahí nuestras urgencias y nuestras poluciones.
8. Las mujeres con botas caminan distinto: algunas como si el mundo retrocediese por debajo, otras como si también avanzara. A una mujer con botas difícilmente la imaginamos sin ellas y ahí, quizá, reside el tópico de que no se las quiten. Las botas complementan a las mujeres más que cualquier otro complemento. Fetichismo incluido.
9. Hasta la timidez les sienta bien a las mujeres. Una mujer tímida pasa por ser una mujer reservada, discreta, atenta. Un hombre tímido es alguien incapaz de ocultar su lado tenebroso.
10. Mientras que las mujeres poseen una increíble habilidad en la fabricación de cosas como puzzles o demás manualidades, los hombres demostramos una habilidad muy similar en el sentido contrario. Incapaces de comprender la técnica o el mecanismo de construcción recurrimos al desglose y, en última instancia, a la destrucción.
15
ene 11
Matarile
Aún no he visto ninguno, pero dicen que se han puesto de moda los candados del amor. Los tales son candados que los enamorados fijan en barandillas, rejas o tubos públicos, y que contienen sus nombres grabados a tinta y fuego.
Cuentan que la verja que cerca a Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid o los barrotes del puente de Isabel II en Sevilla han sido invadidos por esta fiebre que, al parecer, proviene de la novela Tengo ganas de ti, de Federico Moccia.
No he tenido la inmensa suerte de leer dicha novela, de modo que me confieso incapaz de transmitir la verdadera profundidad del significado de los candados del amor. Así en frío lo que me parece es una evolución, una alternativa moderna -y algo menos salvaje- del corazón herido a navajazos en árboles y muros, costumbre que ya sólo pertenece a los viejos arrabales y a las punzantes canciones de Gardel.
Por otra parte: ¿Existe un símbolo más inoportuno para simbolizar el amor que un candado de hierro? ¿Estamos ante el regreso del cinturón de castidad? ¿Tendremos que volver al fondo del mar para encontrar las malditas llaves?
