La principal carencia de Ejército enemigo, la última novela de Alberto Olmos, es el exceso de Alberto Olmos, la omnipresencia extenuante de su autor. Sin llegar a los extremos de Sánchez-Dragó -irreversible personaje literario de sus ficciones- Olmos se muestra reiteradamente en cada una de sus páginas. Páginas y páginas formadas, y sólo formadas por las inquietudes de Olmos, por las obsesiones de Olmos, por los fracasos de Olmos, por tics de Olmos: el asco del mundo, la reacción ante las falsas seguridades, la denuncia de la hipocresías pactadas, el refugio de la pornografía, la incoherencia del yo … También su estilo -en apariencia descuidado, intuitivo y como hecho de improviso- contiene una autodefinición de lo que es Olmos: un contrasistema. Todo esto es él, todo esto es Olmos, y este Olmos fagocita el resto de invidualitats, nunca sólidas, nunca creíbles, de su historia de un solo personaje. Poco más tiene que contar Olmos a excepción de contarse. En las primeras páginas, cuando el argumento no le obliga aún a la ficción estricta, el autor muestra la que es, a mi entender, su principal virtud: su gusto obsesivo por la observación directa y la exhibición pornográfica los detalles. Después el libro, la excusa editorial de su trama, lo conduce a una interminable recreación de estos detalles y, de ahí, a la poco interesante recreación de sí mismo, en la redundancia con fines puramente onanistas. El remate del libro muestra así toda la huella de un intento frustrado de eyaculación: el autor quiere acabar, finalizarse, pero no encuentra ninguna manera digna de hacerlo más que con una insistencia poco inspirada y, en definitiva , escasamente productiva. Tres gotitas de nada.