Como de costumbre, la sala de exposiciones estaba vacía. La diferencia respecto a otras tardes era que yo tenía acompañante y, por lo tanto, estaba más hablador. Dada la falta de inspiración de los artistas expuestos (¿qué otra cosa exponen los que de nada saben sino a sí mismos?) yo me dedicaba a poner nombres a sus obras: a ese palo azul El cayado celeste, al tubo retorcido El cordón solitario, a aquel espejo verde El espejo verde… Y todo en ese plan. Mi acompañante, al tiempo que dirigía miradas azoradas a los guardias de seguridad, me pedía silencio con un volumen ejemplarmente menor que el mío:
-¡Baja la voz! -me decía, escondiendo las exclamaciones.
-¿Que a quién molestamos?
-Shhh…
Los museos y las bibliotecas comparten misterio con las iglesias: ese respetuoso silencio que se dirige a lo sagrado con independencia del público. Si hay porque hay y si no hay porque algo queda. Quizá por eso la gente prefiere gritar con el fútbol antes que velar cuadros, libros o dioses.
A la salida del museo, mi acompañante me habló de Art Project, la aplicación de Google que permite recorrer al milímetro las salas y las obras de las colecciones más importantes del mundo. Dijo que estaba bien, sí, pero que nunca podría superar a la visita “en vivo”, que Art Project era incapaz de proporcionar la misma satisfacción que el contacto directo con el arte, que un programa informático estaba limitado a la hora de transmitir el placer instantáneo de la presencia de las cosas, de su textura, de su olor, del aura que desprenden… Tan lúcidas fueron aquellas razones que estuve a punto de darle la razón a mi amigo. Y se la habría dado de no haber sido por aquel “aura” postrera. Pero, ay, que dijo “aura” y a mí las auras me saben a nostalgia y a resignación sentimental, a libros con letras doradas y a plásticos esterilizados. A muerte, en fin, de todo lo que amo. Y no es el aura (ese olor de tumba) lo que debe atraer de los museos. No es la comunión espiritual, el contacto con la gracia, el olor de santidad lo que debe llevar a ellos y no lleva, sino el gusto por el detalle y el placer de la experiencia compartida. Si Art Project es la alternativa al cementerio, bienvenido sea el invento. Si no, que alguien se preste a llevarnos flores.
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