La principal carencia de Ejército enemigo, la última novela de Alberto Olmos, es el exceso de Alberto Olmos, la omnipresencia extenuante de su autor. Sin llegar a los extremos de Sánchez-Dragó -irreversible personaje literario de sus ficciones- Olmos se muestra reiteradamente en cada una de sus páginas. Páginas y páginas formadas, y sólo formadas por las inquietudes de Olmos, por las obsesiones de Olmos, por los fracasos de Olmos, por tics de Olmos: el asco del mundo, la reacción ante las falsas seguridades, la denuncia de la hipocresías pactadas, el refugio de la pornografía, la incoherencia del yo … También su estilo -en apariencia descuidado, intuitivo y como hecho de improviso- contiene una autodefinición de lo que es Olmos: un contrasistema. Todo esto es él, todo esto es Olmos, y este Olmos fagocita el resto de invidualitats, nunca sólidas, nunca creíbles, de su historia de un solo personaje. Poco más tiene que contar Olmos a excepción de contarse. En las primeras páginas, cuando el argumento no le obliga aún a la ficción estricta, el autor muestra la que es, a mi entender, su principal virtud: su gusto obsesivo por la observación directa y la exhibición pornográfica los detalles. Después el libro, la excusa editorial de su trama, lo conduce a una interminable recreación de estos detalles y, de ahí, a la poco interesante recreación de sí mismo, en la redundancia con fines puramente onanistas. El remate del libro muestra así toda la huella de un intento frustrado de eyaculación: el autor quiere acabar, finalizarse, pero no encuentra ninguna manera digna de hacerlo más que con una insistencia poco inspirada y, en definitiva , escasamente productiva. Tres gotitas de nada.
14
oct 11
Cómo se come una mandarina
Uno de los dos mejores regalos que nos trae cada temporada el otoño son las mandarinas. El otro son las naranjas. Es cierto que ahora podemos tener ambas frutas casi todo el año pero las naranjas o las mandarinas de invierno, primavera o verano son apenas una sombra de las de otoño, de esas exuberantes naranjas y mandarinas de temporada, de piel crujiente y punzante salpicadura.
Para disfrutar de una mandarina en toda su integridad hay que ir más allá de la simple ingestión y seguir unos instrucciones y pasos, a su modo ritualísticos, que nos descubran toda su rica -riquísima- complejidad.
La elección de la mandarina es crucial. Cuídese de elegir aquellas mandarinas que conserven parte de la rama y, a poder ser, alguna hoja del árbol. Prescíndase en cambio de las que se presenten excesivamente limpias y, de modo general, de todas aquellas que hayan sido amortajadas con papel.
Utilícese cuchillo para realizar el primer corte. En mi opinión, las mejores mandarinas son las que no están demasiado sujetas a la piel ni tampoco demasiado sueltas… Aunque entre unas y otras siempre serán mejor las compactas. Utilizar el cuchillo, al menos para ese primer corte, evitará aplastar la cáscara y desmontar la frágil arquitectura de la fruta, tan necesaria para una placentera degustación.
El corte de la mandarina hay que disfrutarlo sin prisas. Aunque muchas mandarinas salen estropeadas, es muy extraña la que no desprende un buen olor al ser cortada. Con el corte -a mano o con un cuchillo- las pequeñas burbujas de la superficie de la cáscara se romperán y provocarán pequeñas, minúsculas, explosiones ácidas. Acérquese entonces la nariz y déjese salpicar la cara. Al contrario de lo que sucede con las naranjas, una mandarina habitualmente aportará más con su aroma que con su sabor.
Una vez cortada la mandarina pártase en dos con mucha delicadeza. Si la mandarina es buena aparecerán pequeñas gotas en la superficie de los gajos y mejor será cuanto más pequeñas y abundantes sean esas gotas. Retírese el filamento central.
Lo que pretendemos es que la estructura interna de la mandarina llegue intacta a nuestra boca y que allí, y sólo allí, se deshaga. Por eso yo soy partidario de no desgajar la mandarina, de hacerlo lo menos posible. Si sus dimensiones lo permiten, pártase sólo por la mitad.
A continuación una regla de oro: nada de masticar. Para extraer adecuadamente el zumo de una mandarina ésta debe ser aplastada entre la lengua y el paladar, desmontarse a partir de un único y definitivo movimiento. El zumo estallará en todas las direcciones y su sabor podrá ser degustado y reconocido en cada uno de sus matices.
Finalmente, y sólo si se está en un contexto oportuno para hacerlo, sáquese el sobrante de la boca y tírese a la basura. De otro modo, si deglutimos la pulpa, provocaremos que se ocluya la vía nasal y perderemos en un instante la posibilidad de recrearnos en el gusto de la mandarina sin obtener nada a cambio. Lo cual sería una lástima si la pieza lo merece.
Bon profit!
13
oct 11
Los aires del agua
No me llevo bien con el agua con gas. Sé que es extraño no llevarse bien con una bebida, pero es que no soporto sus aires de superioridad. El agua con gas es algo así como la hermana snob de la gaseosa. La típica hermana estirada y finolis. Las marcas, por ejemplo: mientras que la gaseosa tiene nombres tan campechanos como La Casera o Gaseosa Revoltosa (Gaseosa Revoltosa, ¡qué gran poeta el que la inventó!), al agua con gas parece que haya que llamarla con retintín: Vichy, Perrier… Así con la boca chiquitita y el culo apretao. Con nombres así es normal que tenga las compañías que tiene. En el supermercado el agua con gas nunca estará junto a la Coca-cola o la Fanta, ni siquiera junto a la gaseosa… No, señor. La muy perra (de Perrier, no de perro) con quien se junta es con los zumos, con los vinos y el champagne. Con la aristocracia de las bebidas.
Luego están los eslóganes. Tú lees los eslóganes de las gaseosas y como que te dan buen rollo. Por ejemplo: LA CASERA, EL REFRESCO MEDITERRÁNEO. No es que sea la leche pero con lo del Mediterráneo ya se te vienen a la mente el verano, la playita, los chiringuitos, las chicas en bikini… Pero, ¿y los eslóganes del agua con gas? Atención, que lo he buscado en internet: VICHY CATALÁN. EL AGUA ES EL NEXO DE UNIÓN ENTRE LA NATURALEZA Y LAS PERSONAS. ¡Qué plasta! Con varios eslóganes así Claudio Coelho te hace un libro. Tú escuchas “VICHY CATALÁN. EL AGUA ES EL NEXO DE UNIÓN ENTRE LA NATURALEZA Y LAS PERSONAS” y el verano, la playa, los chiringuitos y las chicas en bikini desaparecen en un plisplás de tu imaginación. Como mucho puedes llegar a imaginarte una piscina con Eduard Punset bañándose en bolas.
Porque esa es otra. ¿Por qué en los anuncios de gaseosa siempre salen chiringuitos y en los de agua con gas siempre salen balnearios? ¿Alguien va a los balnearios para tomar agua con gas? “Sí, quería un baño de lodo, un masaje tailandés y una botella de Perrier”. ¡Eso no se lo cree nadie! Pero mira, parece ser que el agua con gas sí que se lo cree y tal vez por eso no la venden ni en las máquinas expendedoras, ni en las neveritas del supermercado, ni en los cines… La niña no quiere juntarse con la chusma. Por eso cae tan mal y por eso mismo no la soporto. Bueno, por eso y también porque no me gusta. Si fuese pija pero al menos estuviese buena no me importaría… Pero ser pija y no estar buena es lo peor de lo peor de lo peor.
11
oct 11
Somewhere
Esto es Lost in translation 2 o, dicho de otra forma, Los ricos también lloran 3. Sofia Coppola nos ofrece más de lo mismo pero con una cría de once años haciendo el papel de Scarlett Johanson, strippers en lugar de karaokes y un Ferrari en vez de una cinta de correr. La soledad. El vacío con lucecitas. De nuevo. El elemento más novedoso de la película es la cría, fundamentalmente porque aún es demasiado joven para tener un novio gilipollas. De Somewhere, aparte de su bonito título, se puede decir que hace bien lo que hace. Como esas tías del principio, que no dominan demasiado la barra pero tienen dotes para que no importe demasiado. Luego están las palabras simples donde se esperarían los hexámetros y los murmullos haciendo de silencio introspectivo. La conclusión: que el dinero no lo arregla todo y que follar tampoco es para tanto. Un consuelo para pobres y feos… Y un aditivo más para los ricos vital y sexualmente satisfechos.
10
oct 11
Festival de fiestas
Los de mi pueblo son la polla. Si va y ahora no se les ocurre otra cosa que montar unos Moros y cristianos. Se ve que no tenían suficiente con las procesiones de semana santa, las fallas, las romerías, el festival de bandas, las concentraciones de motos, los mercados medievales o los domingos de paella. No. Ahora también se apuntan a Moros y cristianos y además lo están anunciando con una naturalidad que parece que lleven haciendo filaes desde hace tres siglos. Ingenuo de mí. Pensé que ya lo había visto todo una soleada tarde de abril, jueves santo para más señas, cuando desde la ventana de un segundo piso una señora se arrancó por saetas y descargó sus gorgoritos al paso de la virgen. Morena, iba a decir. La capacidad asimilativa de los de mi pueblo no conoce límites. Igual se ponen a construir edificios de quince plantas que a inventarse fiestas municipales. Ahora sólo falta instaurar unos sanfermines como Dios manda. Y la señora alcaldesa o el señor cura tirando el chupinazo. No sé a qué vendrán tantos excesos. Me pregunto si esto no será como lo de ponerse a chupar suelas tras haber perdido el gusto por los pezones. Todo es posible. Y digo yo que, ya en plan de hacer extravagancias, podrían juntarlo todo y cumplir aquella fantasía hollywoodiense de quemar las figuras de los santos al compás de un pasodoble. Tiempo al tiempo. Como decía aquella campaña publicitaria: Impossible is nothing.
07
oct 11
La deuda
Tener un plan es básico para que la vida sea vida. Todo plan genera unas expectativas, fabrica unos ideales, justifica unos sacrificios. Los planes sucesivos materializan el espíritu y lo superponen a la materia que pasa. La deuda es la historia de dos fantasías llamadas “progreso” y “justicia”, del secuestro del uno por la otra en el Berlín oriental y de sus consecuencias en un presente cada vez más doloroso. Aquí nada está resuelto aunque todo lo parezca desde el principio. Las simetrías entre las que se mueve la película son mera apariencia, un falso espejo que delata los efectos de la inconsistencia humana. Un juego de los siete errores. John Madden ha fabricado con esta película un relato sobre los vaivenes de la historia y de quienes la protagonizan y la narran. En La deuda la verdad se abre paso irreparablemente y lo hace como solamente puede hacerlo: a través del sufrimiento que supone renunciar a la opciones fáciles y a las soluciones de compromiso. Como dice la famosa frase: si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes.
27
sep 11
El árbol de la vida
Cuando entré en la sala de cine no sabía quién era Terrence Malick. Iba limpio y puro como una virgen. Con mi flor intacta. Luego me he enterado de que también fue él quien perpetró esa abominacíón llamada La delgada línea roja, película que rompió mi costumbre de no salirme del cine por muy mala que fuese la película. Este hombre y yo nunca vamos a entendernos. Su vida suya se parece muy poco a la vida. Como en esas escenas de tipos solemnes pululando trajeados por la playa -así en plan City of Angels-, tan ombligueras y, por encima de todo, tan injustificadas. Los personajes de Malick no cagan. Al parecer.
Malick, por decirlo de alguna forma, es demasiado alemán para mi gusto. Por mucho que se empeñe, yo no puedo percibir con los sentidos -ni, por supuesto, disfrutar a través de ellos- algo tan alejado de los sentimientos, algo tan metafísico, algo que tiene que recurrir a lo cósmico para acercarse a lo humano. Lo humano es sangre, sobre todo. No son estrellas danzando en el firmamento ni lava abismándose en el mar. Un hombre ensimismado no es más que un hombre ensimismado y los puntos azules sobre fondos verdes no son más que puntos azules sobre fondos verdes, por mucho que se empeñe el arte contemporáneo.
El new-age es la negación de la evidencia -de eso tan bonito que se llama superficialidad- y para mí El árbol de la vida es una película tan new-age que se queda en una portada brillante, colorida y con letras plateadas. Que no tiene chicha, vamos. Parece que todos los personajes -porque estos nunca alcanzan el rango de personas- estén planteándose a cada momento el sentido de la vida… Y que la vida les pase por delante de los ojos sin darse cuenta, de tan perdidos como están. Una película que me gustó mucho fue Copia certificada, que se parece a esta en el envoltorio pero que, a diferencia de esta, llevaba dentro un bonito regalo. El árbol de la vida, salvo algunos minutos que brillan por la tregua que suponen, es sólo un monumento, bastante caro, a la inanidad.
21
sep 11
Mujeres
1. Las mujeres que no están acostumbradas a correr son un espectáculo cuando algo las obliga. Levantan la cabeza, estiran la espalda, pegan los brazos a la cintura, juntan los muslos, arrastran los pies… En conjunto, parece como si avanzasen en contra de su voluntad. Como si quisieran llegar a alguna parte y a la vez pretendiesen quedarse en el mismo sitio.
2. Empecé a valorar mucho más a las mujeres cuando descubrí que nada de lo que llevaban encima era fruto del azar. Ni una sola cinta. Ni un solo bordado. Una mujer que se precie sabrá siempre dónde está y dónde no está cada centímetro de sus telas.
3. Hombres y mujeres normalmente no reaccionan de la misma manera ante una pintura. Para valorar un cuadro, las mujeres suelen recurrir a una estrategia simple y eficaz: se lo imaginan en algún lugar de su casa y, a partir del resultado obtenido, sentencian si lo ven o si no lo ven. El hecho pictórico queda así circunscrito al ámbito de las artes decorativas, en su sentido más práctico y positivo. Los hombres suelen basarse en criterios más imprecisos y la reacción que muestran ante una obra de arte tiene que ver más con el impacto emocional, físico, del momento que con la proyección espacial y temporal de dicha sensación. Y así con todo.
4. Los paraguas nos distinguen a hombres y mujeres. La relación de un hombre con un paraguas no es la misma que la de una mujer con su paraguas. Para un hombre el paraguas es un objeto incómodo, un trasto que estorba, útil porque no queda más remedio. Para una mujer la lluvia es una espléndida oportunidad, una ocasión caída del cielo, para exhibir las nuevas tendencias de la temporada.
5. El frío tiene la ventaja de realzar la belleza de las mujeres bellas y de disimular, hasta hacerla tolerable, la fealdad de las que no lo son. El abrigo que proporcionan los abrigos, gorros o bufandas evita la dispersión social y concentra el ánimo en determinados puntos del cuerpo femenino haciendo visible -o, incluso, creando- la personalidad que se tiene o de la que se carece por completo.
6. No creo que las mujeres sean más complicadas que los hombres. Si existe alguna diferencia será como la que hay entre las ecuaciones de primer y segundo grado. Unas se resuelven utilizando la aritmética y las otras con una fórmula mágica surgida de aquélla aunque no lo parezca.
7. Las mujeres soportan mejor los aplazamientos que los hombres. De ahí nuestras urgencias y nuestras poluciones.
8. Las mujeres con botas caminan distinto: algunas como si el mundo retrocediese por debajo, otras como si también avanzara. A una mujer con botas difícilmente la imaginamos sin ellas y ahí, quizá, reside el tópico de que no se las quiten. Las botas complementan a las mujeres más que cualquier otro complemento. Fetichismo incluido.
9. Hasta la timidez les sienta bien a las mujeres. Una mujer tímida pasa por ser una mujer reservada, discreta, atenta. Un hombre tímido es alguien incapaz de ocultar su lado tenebroso.
10. Mientras que las mujeres poseen una increíble habilidad en la fabricación de cosas como puzzles o demás manualidades, los hombres demostramos una habilidad muy similar en el sentido contrario. Incapaces de comprender la técnica o el mecanismo de construcción recurrimos al desglose y, en última instancia, a la destrucción.
06
sep 11
El viento: cuestión de movimiento
¿Para qué sirve el viento? ¿Para navegar? No, porque los barcos van a motor. ¿Para volar? No, porque los aviones van a motor. ¿Para mover las aspas de los molinos y hacer el pan? No, porque el pan se hace a motor. Conclusión: el progreso ha hecho que el viento no sirva para nada. Bueno, para dos cosas sí que sirve: para llevarse a María Sarmiento y para poder meternos con las orejas de los demás.
El resto son inconvenientes. Por ejemplo: el viento hace que los paraguas se vuelvan del revés. Cuando a una persona se le vuelve el paraguas del revés, por mucho que llueva, por mucho que se moje, jamás de los jamases seguirá utilizándolo como si nada. Por algún extraño proceso mental los humanos hemos llegado a la conclusión de que un paraguas que se ha vuelto del revés es algo ridículo. ¡Nos entra la locura! Y sin embargo yo a los paraguas vueltos del revés los veo muy prácticos. Si tienes unos brazos fuertes y habilidad de equilibrista, puedes acumular el agua de lluvia allí dentro y al llegar a casa darte un baño.
Dicen que el viento está provocado por la presión. Pero no puede ser. Si eso fuera verdad, si la presión fuera la causante del viento, en el escote de Carmen Alcayde se formaría un huracán de tres pares de narices. Aunque, pensándolo bien, quizá por eso dejaron de emitir “Aquí hay tomate”. La magnitud del huracán debe haber sido tal que se habrá llevado al plató, a Carmen, a sus tetas y a Jorge Javier directamente hasta el reino de Oz. Y es muy probable que en este momento los dos estén ligando con el mago. ¡Qué fuerte, qué fuerte!
El viento se puede dividir en tres categorías dependiendo de su intensidad: 1. La brisa, que es aquella intensidad que consigue despeinar a Iñaki Anasagasti. 2. El aire, que es la intensidad necesaria para disipar un cuesco. 3. El viento propiamente dicho, que es cuando empezamos a jugar con los escupitajos.
La intensidad del viento propiamente dicho se puede medir a través de los escupitajos. Si nos ponemos a favor del viento, la intensidad vendrá dada por la distancia que sea capaz de recorrer el escupitajo. Por ejemplo: si escupes y tu escupitajo te pega en la nuca, significa que la intensidad es máxima. Por otra parte, si nos damos la vuelta y nos ponemos contra el viento, la intensidad podrá descubrirse según la distancia que retroceda el escupitajo. Por ejemplo: si escupes y tu escupitajo te da en la cara significa que la intensidad es máxima… Y que eres gilipollas.
El viento ha sido desde siempre un medio de transporte muy demandado: lo utilizan los virus, los granos de polen, las pelusillas y las promesas electorales. La diferencia es que mientras que el viento nos trae los virus para que enfermemos, los granos de polen para que pillemos alergias y las pelusillas para que estornudemos, a las promesas se las lleva el viento para cabrearnos. Total, que la cuestión es joder. ¡Puto viento! Perdón, pero es que si no lo digo reviento.
30
ago 11
Bonsái
La exposición la acaban de quitar así que os voy a contar lo que vi. Bonsái, se llamaba, aunque de bonsáis no había ni uno o, al menos, yo no lo vi. Sí que vi pinturas formadas por minúsculos cuadros de colores creando formas internas curiosas, cambiantes, insospechadas incluso para su propio creador del mismo modo al que Dios se le deben escapar sus criaturas cuando empiezan a ser demasiadas. Si le dedicara tiempo uno podría perderse en ellas. ¿Y con qué fin? Con el fin al que todo japonés aspira: ninguno. También vi pinturas a carboncillo sobre papel de arroz con líneas dubitativas que hacían pensar en la inestabilidad del alma humana, en la fragilidad de los ideales o en la mano de un colegial. O colegiala porque no me fijé en el nombre. También vi paisajes en tres dimensiones, manchas de tinta, pegotitos de colores, un perro con gabardina encima de un televisor y una representación de la fisión nuclear muy parecida al rostro de los virus más letales que ha conocido la humanidad. Y también una casa de tela -blancas las paredes, con techo y ventanas grises- a la que se podía acceder y por la que se podía pasear… ¿Y para ver qué? Para ver aquello a lo que todo japonés aspira: nada. Una pintura magníficamente ingenua era La isla de la felicidad. Un peñasco en medio del océano, inaccesible y definitivo, del que cae una catarata procedente de un manantial imposible y donde, en su cima, dos osos panda follan con una sonrisa de plenitud. Así que nada, nada… Tampoco.