Guggenheim Bilbao, donde confluyen el arte y la música electrónica una vez al mes

Hay discotecas grandes y grandes discotecas, incluso algunas que reúnen ambas características. Tal podría ser el caso de Berghain, una antigua central eléctrica ubicada en Berlín que, al cambiar de milenio, fue reconvertida en meca del techno. Pero, ¿qué clubes pueden presumir de tener un cuadro de Kiefer o una escultura de Chillida adornando alguno de sus 24.000 m²?

Esto es lo que ofrece el Guggenheim  en colaboración con la Sala Fever un viernes al mes: la posibilidad de pasearse por sus exposiciones mientras los graves de la música electrónica retumban por cada hueco de su imponente arquitectura. Este formato fue bautizado en el año 2008 como Art After Dark (arte tras el anochecer), y desde entonces por el museo han pasado centenares de DJs, tanto nacionales como internacionales. Eso sí, la fórmula es siempre la misma, entre las diez de la noche y la una de la madrugada tres pinchadiscos se turnan ante los platos colocados en el atrio, mientras el público elige entre el baile y el arte.

Ron Flatter

En cuanto a quienes asisten a este evento, hay bastante que decir. Frente a los altavoces se encuentra desde gente vestida con sus mejores galas y que parece acudir a una cita social, a jóvenes con deportivas y sudadera que no terminan de demostrar demasiado interés por los pisos superiores, pasando por una multitud de extranjeros fascinados por la fórmula del evento.

El pasado viernes 15 de noviembre tuvo lugar el Art After Dark programado para este mes. El bilbaíno Beware of Wolf comenzó a calentar motores con un set de carácter oscuro y contundente, dando paso al alemán Ron Flatter, que supo interpretar perfectamente lo que el público pedía, alzando brazos y provocando grandes ovaciones. El también germano Dominik Eulberg, plato fuerte de la noche, tomó el relevo a sus compañeros, volcando toda su experiencia en la pista y poniendo un punto y seguido a la noche. Y es que si la noche es joven, la del viernes lo fue aún más para los amantes de los sonidos techno, que pudieron seguir al ritmo impuesto por los platos de los dos alemanes en la Sala Fever, ya que la fiesta se traslada allí al terminar el evento en el museo.

 



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