Crítica de Van Gogh, a las puertas de la eternidad

La naturaleza de lo bello

Pese a la irregularidad que ha punteado su muy interesante carrera como cineasta, el artista

Julian Schnabel hace gala desde la seminal Basquiat (1996) de una mirada adulta y madura sobre las conexiones más profundas entre las pulsiones creativas y esas convulsiones terribles que a menudo puntean las existencias de los grandes artistas.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad no es una excepción: desarrollada durante los últimos cuatro años de vida del maestro holandés, no se trata ni mucho menos de un biopic al uso. Especialmente durante su excelente primera hora, el largometraje consigue una rara armonía entre sus imágenes y la obra del propio Vincent Van Gogh (espléndido

Willem Dafoe), erigiéndose en un tratado -con valor incluso didáctico- en torno a la búsqueda artística de un hombre atormentado. Los mejores instantes de este trabajo nos muestran a Van Gogh vagando silencioso por la Provenza, persiguiendo lo inefable, o debatiendo sobre la naturaleza de lo bello con su amigo Paul Gauguin (

Oscar Isaac). La estructura dialéctica sobre la que se cimenta la mayor parte de la película, todo hay que decirlo, no siempre funciona, y Schnabel a veces cae presa de la llaneza descriptiva, algo de lo que intenta rehuir en todo momento.

Lo mejor:

Las idas y venidas de Van Gogh por los paisajes, tan bellas como significativas

Lo peor:

A veces lo que dicen palabras e imágenes es menos relevante de lo pretendido por Schnabel

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