Crítica de Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?

El capital no tiene patria.

Doce millones de espectadores, nada más y nada menos, han acudido a las salas francesas para disfrutar de

Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, el filme galo más taquillero desde

Intocable (2011). Ambos trabajos comparten muchísimo más que su extraordinario eco popular: pese a las diferencias expresivas y de tono, la película de Phillippe de Chauveron, tal como la que firmó el tándem Nakache-Toledano, se aproxima con humor a temas de relevancia en nuestro presente, apostando por un humanismo de doble filo cuyas contradicciones resultan realmente dignas de atención. Dichos temas son, en este caso, el racismo y los prejuicios culturales.

Claude (

Christian Clavier) y Marie (Chantal Lauby) son un matrimonio acomodado y conservador que asiste horrorizado al doloroso espectáculo de ver cómo sus hijas se han ido casando, una tras otra, con hombres que no son ni blancos, ni católicos. Una situación para ellos absolutamente angustiosa que los llevará a aislarse durante meses en su acogedora morada provinciana, mientras rememoran los tiempos de De Gaulle y sufren accesos depresivos y crisis nerviosas evocando el desolador panorama familiar.

 A simple vista, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? no ofrece nada que vaya a resultarle ajeno a quien esté habituado a las comedias galas concebidas para una "clase media económica y existencial con aspiraciones a lo sofisticado", citando a Diego Salgado en su reseña de la reciente -y también francesa-

Barbacoa de amigos. Lo más estimulante de este largometraje de factura impersonal, inflado de clichés narrativos y sentimentales, cursi hasta decir basta y protagonizado por una galería de personajes antipáticos cuya mezquindad o estulticia intenta ser suavizada plano a plano, es aquello que deriva de su pretensión de actualizar la legendaria Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer.

Así pues, no se trata tanto de una película sobre la aceptación, por parte de una pareja reaccionaria, de la diversidad étnica y cultural de las modernas cosmópolis, sino sobre cómo esa pareja se niega a comprender el carácter necesariamente mestizo del capitalismo global, con Europa y África como los dos grandes focos de resistencia ante dichas transformaciones y lo que implicarían culturalmente hablando. En ese sentido, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? posee un fuerte carácter alegórico que se hace aún más evidente en las relaciones entre concuñados: un chino, un árabe y un judío que se detestan profundamente, pero que terminarán estrechando lazos gracias a un negocio conjunto cuya naturaleza -que no desvelaremos- acaba echando luz sobre la verdadera ideología de este producto.

 Porque tras la aparente oda a la comprensión y a la amistad más allá de las diferencias, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? mira con simpatía la desconfiguración de las identidades culturales y defiende el libre comercio como la solución perfecta para cualquier conflicto imaginable. Porque el capital no tiene patria y bajo su bandera, que proclama la homogeneización sociocultural, todos somos consumidores o propietarios y no existen ni los colores, ni las costumbres.

Lo mejor:

A su manera, y casi sin pretenderlo, dice cosas interesantes sobre las relaciones pasadas y actuales entre Europa y el resto del planeta.

Lo peor:

Bajo su apariencia cándida y bienintencionada hay una tenebrosa celebración de lo que está haciendo la globalización con las culturas del mundo.

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