Crítica de Detroit

Sujeto creativo no identificado

En la primera parte de su filmografía, acotada por The Loveless (1981) y K-19: The Widowmaker (2002), la cineasta Kathryn Bigelow abordó la ficción convencional de Hollywood subvirtiendo claves genéricas para dar cuenta de inquietudes existenciales ligadas a la reconfiguración de nuestra mirada sobre el mundo. Posteriormente, en sintonía con los cambios acaecidos en el panorama audiovisual, su labor en En tierra hostil (2008),

Zero Dark Thirty (2012) y

Detroit ha pasado a intervenir el registro del documento sociohistórico, con los mismos objetivos. Así,

Detroit es, en apariencia, una crónica de hechos reales y denuncia biempensante, inspirada por sucesos acaecidos en la ciudad que da título al filme, sumida durante el verano de 1967 en violentas algaradas ligadas a la segregación racial. Pero el sentido auténtico de la película radica en su parte central: un ejercicio de terror casi puro a cuenta de ciudadanos y agentes de la ley encerrados durante horas en un motel, situación que generará en todos los implicados una nueva, traumática, radical comprensión de su rol en una sociedad. Fruto de ello, un filme muy incómodo, obra de una cineasta refractaria a etiquetas.

Lo mejor:

La película vuelve a demostrar la condición excepcional como creadora de Kathryn Bigelow

Lo peor:

El metraje podría aligerarse en algunos puntos

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