Crítica de Después de la tormenta

Jugar, mirar, vivir

Después de la tormenta no es, como lo fueron

Kiseki (Milagro) (2011),

De tal padre, tal hijo (2013) o

Nuestra hermana pequeña (2015), un drama al uso donde el intento de comprender la realidad por parte de los personajes importa menos que la sentimentalización del mundo que habitan. Ya solo por su formulación autorreflexiva, acaso nos hallemos ante la película más inspirada del Koreeda reciente, situada en una elocuente intersección entre las tomas dilatadas y el montaje sutil de raíz documental de Maborosi (1995) o Distance (2001), y la querencia por la fabulación como espacio para la reinvención emocional que terminó de consolidarse en la reivindicable Hana (2006).

 Como viene siendo habitual en los últimos años,

Después de la tormenta se ve traicionada por mecanismos dramáticos rancios y una condescendencia mezquina en el acercamiento a su protagonista, pero en conjunto hablamos de un largo virtuoso. Baste aludir a su primera media hora, que desglosa de manera rigurosa, gracias a una puesta en escena calculada hasta límites inusuales pero vivaz, las carencias afectivas, expectativas e incertidumbres de una serie de personajes, derivando en un tramo voyeurístico que no deja de ser una aproximación a la ceguera de la ficción ante las mutaciones persistentes de la sociedad y la vida.

 Porque Después de la tormenta medita fundamentalmente no solo sobre aquellos factores, circunstanciales o no, que terminan definiendo la ruta que seguirá nuestra existencia, a veces ante el desconcierto o la incomprensión de quien lo vive. En una sociedad que Koreeda retrata con un malicioso sentido del humor como nicho para la mediocridad y la falta de ambiciones, ocupan un lugar relevante las conjeturas en torno al rol de la creación y del artista, y los nexos que unen y distancian la obra creada del mundo, entendido como materia prima artística. Después de la tormenta concluye con unos sabios minutos finales -propios de una pieza de cámara- concebidos en la melancólica intimidad de una familia deshecha, que reflexionan sobre el papel de la fortuna, el conflictivo peso de la tradición y la búsqueda de un nuevo estándar sentimental susceptible de elevarnos por encima de la añoranza de un statu quo ya decadente, sea en la vida o en la ficción.

Lo mejor:

A nivel formal y de discurso, es el Koreeda más estimulante en varios años

Lo peor:

La obviedad de sus mecanismos dramáticos y una mirada amable a veces forzada hasta lo mezquino

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