Crítica de Bel Canto (La última función)

Política y folletín

El mayor mérito hasta la fecha del realizador Paul Weitz fue inaugurar, en compañía de su hermano Chris, la longeva franquicia American Pie. Desde entonces, se ha lanzado cuesta abajo por un camino de errática artesanía, donde podemos encontrar la adaptación de una novela de Nick Hornby (Un niño grande), una comedia de trasfondo laboral (Algo más que un jefe) o una fantasía young adult (

El circo de los extraños). Adaptación de la novela homónima de Ann Patchett, previamente convertida en ópera,

Bel Canto. La última función se inspira vagamente en la toma de la casa del embajador de Japón en Lima (Perú) en 1996, convirtiendo dicho suceso en el marco de un folletín sentimental y romántico. Como despropósito industrial, cuyo estelar reparto se presta a todo tipo de inverosimilitudes argumentales y escénicas, la película de Weitz puede resultar bastante divertida. Sin embargo, hay en ella una oportunidad perdida de dignificar el tratamiento desde la ficción de un acontecimiento tan controvertido.

Bel Canto. La última función sepulta todo posible comentario político o meditación social porque prefiere inclinarse por la llaneza de las buenas intenciones antes que intentar dar forma a un microcosmos veraz.

Lo mejor:

Como comedia involuntaria, muchos le encontrarán su punto

Lo peor:

Es una ficción completamente estéril

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